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Lo que el destino depare

CAPÍTULO UNO – COMA

Me desperté despierto. Contradictorio, sí, pero es la única manera de describir mi despertar aquel día. Me desperté sentado en una mesa ovalada de un tamaño bastante considerable. Era negra, y brillaba de tal forma que invitaba a sentarse a ella incluso sin tener nada que hacer. La sala también era negra, con pantallas incrustadas en la pared más cercana a la parte de la mesa donde había una silla con un respaldar de casi un metro ochenta de altura. Lo que más me llamó la atención no fue toda aquella negrura atrayente, sino mi despertar. ¿Cómo? No recordaba haber siquiera dormido antes de llegar ahí. Solo recordaba estar cambiándome de ropa para ir un día más al instituto.

-Calma Antonio. Dite a ti mismo de lo que estás seguro – me dije-. A ver, me estaba poniendo la camiseta de Green Day que tanto me gusta, y antes de acabar de ponérmela estaba aquí –Miré abajo a ver si la tenía puesta-. Y aquí está, igual que allí, solo que aquí. ¿Estoy aquí de verdad? ¿O es de esos sueños que son tan reales? –Me pellizqué en el muslo y confirmé lo que era obvio- Sí, el tacto del vaquero es el mismo, y el dolor también es real.

Tras haber confirmado que no era un sueño, llegué a la conclusión antes de tomar ninguna decisión de que era imposible concretar cómo había llegado a la sala. Finalmente, me decidí a mirar de nuevo al agujero que había en el centro de la mesa y que ya miraba cuando llegué. De hecho era lo único que había mirado fijamente. Utilicé una técnica en la que ya estaba especializado debido a lo cauto que he sido siempre, el mirar algo sin mirarlo. Es decir, miras una cosa fijamente mientras tu cerebro capta lo que pasa en todo tu campo visual casi al completo.

La sala no tenía demasiada decoración, se notaba que no se utilizaba para cualquier cosa. Era una sala exclusiva… ¿para qué? En la pared frontal había un corcho con papeles pegados. Alcancé a ver algo como The Daily Prophet, aunque no me hice mucho caso, dado que era completamente imposible. Seguí explorando la sala. Me di cuenta de que no estaba en silencio. Me resultó extraño que no hubiera escuchado nada hasta ese momento, dado que del ruido es una de las primeras cosas de las que te percatas. Me asaltó la duda de si la gente que había sentada a mi alrededor hubiera empezado a hablar justo en ese momento, pero no. La conversación tenía pinta de haber empezado mucho antes. Decidí que escucharía la conversación después de mirar a quienes se sentaban junto a mí.

No.

No, no, no, no. No podía ser. De ninguna manera. Agarré el reposabrazos para sentir algo a lo que aferrarme. ¿Por qué yo? ¿Por qué así? Empecé a sudar de una manera sobrenatural. No sabía lo que hacer, me sentía noqueado, en shock. Cuando creía que me desmayaba oí la voz de aquella mujer.

-¡¡Pero míralo Artemis!! ¡¡Le va a entrar algo!!

Abrí los ojos inconscientemente lo más que pude, no solo era ella, sino que sabía de mi existencia. Y para colmo, había nombrado al chaval que estaba sentado en la silla presidencial, la del respaldar alto. ¡Artemis! ¡Artemis Fowl delante de mis narices! No había ninguna duda de que era él.

Intenté respirar ante todo lo que estaba ocurriendo. Miré el vaso de cristal que tenía delante de mí. Estaba vacío. ¿Por qué el mío estaba vacío y el de los otros no? ¿No esperaban mi llegada? Dios mio… ¿Mi llegada? ¿Quién era yo para decir ‘’mi llegada’’?

-¡Aguamenti! –Gritó la mujer apuntando con lo que aparentemente era un palo de madera hacia mi vaso. En un instante tenía agua en él.

Bebí, y miré arriba. Ya no podía esconderme más en mi ‘retiro de shock’. Tenía que hablar. Cuando me terminé el vaso de agua lo dejé sobre la mesa y miré a la señora que primero me había defendido ante el mismísimo Artemis Fowl y que después me había dado de beber probablemente saltándose alguna norma.

-Gracias –fue lo más que pude decir-. Usted es… no, ¿verdad? No puede ser… es decir, ¡no existe! Bueno, en realidad…

-Antonio –me interrumpió-, no gastes fuerzas. Sí, existo, soy real y todos los que estamos aquí lo somos, de hecho. Y si nadie tiene el valor de hacer la presentación me dispondré yo misma a hacerla –Dijo dirigiendo una mirada de reprobación a Artemis, que puso los ojos en blanco y le hizo un gesto irónico con la mano para que empezara.

>>Yo, como sabrás, soy la Profesora McGonagall, y todos los que estamos aquí somos personajes ‘’inventados’’ por escritores. Debo decir antes de presentarte a los demás miembros de la mesa que las obras son en su mayoría ficticias. Lo que hay de real en ellas somos nosotros, los personajes. La única forma que tienes de ayudar ahora mismo es prestar atención y absorber lo más rápido las palabras que te diga. Es difícil, lo comprendo, pero es lo único que puedes hacer.

>>Puedo suponer que conoces a casi la totalidad de los componentes de la mesa –dijo antes de tomar un sorbo de su vaso-. A mi derecha está el Señor Tumnus.

-Hola –saludó el fauno sonriendo jovialmente.

-Conocido entre los muggles, perdón, entre los no-mágicos –prosiguió la profesora- por su ayuda servida a los cuatro hermanos que entraron en Narnia.

-Lo conozco –dije totalmente fascinado. Era tal y como me lo esperaba, solo que un poco más fuerte y robusto.

-Pero no del todo. El adorable e indefenso fauno creado por nuestro amigo Clive, que por cierto no tiene en absoluto parecido con la realidad, tiene el poder de la transformación. Puede adquirir la apariencia de lo que le plazca. Por favor, si quieres aclararle algo al chico, Tumnus –finalizó McGonagall dirigiéndose al fauno.

-Po… por supu… puesto señora.

Dicho esto se levantó de la silla y puso una de sus patas en la mesa, para ayudar a subir la otra y así incorporarse a ésta. A continuación, entrecerró los ojos y ocurrió lo que él quería que viera. De pronto sus patas se volvieron cuatro y de su pelvis salió una cabeza de caballo negra y brillante. Cuando pensaba que la transformación equina ya estaba finalizada en un bonito caballo inmaculadamente negro, de su lomo salió un hombre. Salió como si fuera líquido burbujeante hacia arriba, convirtiéndose en un perfilado hombre con un sombrero.

-Salut mon ami! –El hombre que estaba encima del caballo me hablaba en francés. Sin duda era Napoleón Bonaparte. El comentario provocó el aplauso de los miembros de la mesa, excepto de Artemis, que todo este espectáculo le parecía estúpido. A continuación, se volvió a sentar en su silla, al lado de McGonagall.

-Perfecto como siempre, Señor Tumnus, pero creo que el fortuito invitado lo último que necesita es ver como un fauno se convierte en Napoleón –intervino el mismo Artemis, queriendo acabar con las presentaciones-. Ahora, aunque la profesora McGonagall lo crea inconveniente, se seguirán las normas establecidas por la mesa en un principio.

-Pero esta es una excepción, Artemis –respondió resignada la profesora, que sabía la inutilidad de discutir con Artemis sobre normas y procedimientos.

-No lo suficientemente excepcional, McGonagall. No. Seguiremos con el protocolo corriente, y ya con el tiempo sabremos si éste es un caso excepcional o no –concluyó Artemis-. Si nadie tiene nada más que decir, doy la reunión inicial por acabada.

Y tras un breve silencio, Artemis miró a McGonagall y le guiñó un ojo. Acto seguido se levantaron todos los componentes y salieron por tres puertas diferentes. Al final sólo quedaron la profesora y Artemis sentados en la mesa, hasta que McGonagall cedió al pulso y se levantó.

-Sabes que tengo razón Artemis, lo sabes. Pero parece que para que te importe tiene que estar relacionado con tu vida –sentenció antes de marcharse.

Yo, que había permanecido sentado durante todo ese tiempo, decidí levantarme para salir por la misma puerta que McGonagall, pero Artemis me llamó la atención antes de que me diera tiempo a girarme siquiera.

-¿Dónde vas?

-A… a… no sé, la verdad –y no mentía, no sabía donde iba.

-Pues claro que no lo sabes. Ven, sígueme, ahora te tengo que actualizar sobre tu vida.

Se levantó y anduvo en dirección contraria hacia donde se encontraban las tres puertas. Se puso en frente de donde estaban las pantallas incrustadas y pronunció unas palabras en un idioma que no llegué a reconocer. Acto seguido se abrió lo que resultó ser una puerta entre las pantallas.

-Élfico. No creas que no me cuesta hablarlo. Ven.

Aunque no lo pareciese, estaba totalmente desconcertado con todo lo que estaba aconteciendo. Pero si algo me caracteriza, es la serenidad en situaciones tensas o extrañas, y ésta era una de las últimas. Si se piensa fríamente, sería normal concluir que casi todas las personas que estuvieran en mi situación caerían desmayadas tarde o temprano, pero yo, sorprendiéndome a mi mismo, caminaba desconcertado pero seguro con Artemis Fowl II, mi personaje supuestamente ficticio favorito, ‘creado’ por un irlandés. Y remarco creado porque en ese instante no sabía si el personaje fue antes de la novela, o después, o simplemente él era quien escribía los libros sobre sí mismo. Con todo esto dando vueltas en mi pobre y dolorida cabeza, entramos en una sala más pequeña que la anterior después de pasar por un pasillo corto. Seguía siendo de mármol negro, muy elegante. No conseguía ponerle nombre o función a aquella sala. No entendía su existencia, otro punto más que no entendía sobre el centenar que ya llevaba… Pensé absurdamente que aquella era la ¨sala para hablar con Antonio después de que pasara la conmoción de su llegada¨, pues juro que era imposible el deducir la intención para la que fue creada. Constaba de una mesa sencilla de aproximadamente un metro cuadrado. Resaltaba sobre lo demás porque era gris, a diferencia de todo lo demás, que era negro. No era de piedra, pero tampoco de plástico. Se parecía más bien a un material sintético parecido a la madera. Artemis se sentó finalmente en una de las sillas que estaba a un lado de la mesa, y me invitó a sentarme en la que estaba justo enfrente.

-Hola Antonio –me dijo.

Artemis Fowl hablándome, el mismo Artemis Fowl de los libros, el que tenía un coeficiente intelectual capaz de robarle a las especies del subsuelo (elfos, centauros y demás personajes fantásticos) buena parte de su oro, y esa era solo una parte de sus hazañas, la primera y en mi opinión la más emocionante. Me preguntaba dónde estaría su guardaespaldas, Mayordomo, si es que en realidad existiese. Le acompañaba a todos lados, y su función era protegerle, como había hecho su padre con el de Artemis, y como haría su hijo con el de él.

-Hola Artemis –le contesté. No sabía si era lo más correcto, pero no sabía tantas cosas, que ya me daba lo mismo lo que estaba protocolariamente bien visto y lo que no.

-¿Sabes lo que te ha pasado?

-No. Tampoco sé a lo que te refieres con esa pregunta, ni dónde estoy, ni cómo he aparecido, ni siquiera sé si estoy aquí realmente o no. Tampoco sé por qué estoy hablando con un personaje ficticio, ni como la profesora McGonagall acaba de salir por la puerta de en medio. ¡La profesora McGonagall!

-Tranquilo. En este estado es normal que no sepas responder ninguna de las preguntas que te estés haciendo. Ni siquiera podrás hacerte todas las preguntas que te quieres hacer, así que tienes que confiar en que yo y los demás miembros de la mesa te resolvamos todo. Primero te diré que según lo que interpretes tú por realidad seremos reales o no, aunque eso lo entenderás más tarde.

-No me estás ayudando –dije comenzando a enfadarme por la situación tan absurda que estaba viviendo. Artemis me respondió con una mirada furtiva y de superioridad infinita. No me llevaría bien con él. Al menos de momento.

-Lo primero que tienes que saber, es tu estado vital –prosiguió como si no le hubiera contestado-. Antonio, quizás lo creas o no –y aquí me miró fijamente y puso gesto serio y solemne- estás en coma. Me consta que lo último que recuerdas es que te estabas poniendo esa camiseta, pero te dormiste más tarde.

-¿Estoy soñando? –Fue lo único que alcancé a decir. Me daba vueltas la cabeza y quería que eso acabase cuanto antes, aun así, me creí todo lo que me dijo, no me quedaba otra.

-Algo parecido, aunque no del todo cierto. Lo que hagas aquí repercutirá en tu realidad, en el mundo que acabas de abandonar.

-¿Estoy muerto?

-No. Y por eso te hemos traído aquí. Lo que eres ahora mismo es una especie de representación de lo que fuiste en el mundo real. Estás en un mundo donde nada de lo que ves es totalmente real, ni totalmente falso.

-No entiendo nada –y así era, cada vez me sentía más fatigado, y un poco de mareo incluso. Quería salir de ahí.

-Es normal que no lo entiendas, pero te irás acostumbrando. Lo más que puedes hacer ahora mismo es aceptar que esto no es ninguna mentira y que lo que hagas en este mundo repercutirá en el mundo real. Esto puede ser muy largo, Antonio, o muy corto.

-¿Cuánto tiempo puedo estar en este ‘limbo’? –pregunté ya resignado.

-Todo el que necesites, o el que te permitan en el mundo real.

Sorprendentemente, estaba menos desconcertado. Al menos ahora tenía una base para construir nuevas preguntas, y quizás me pudiera dar las respuestas yo solo. Ahora el siguiente paso era salir de aquella sala claustrofóbica y conseguir agua para no caer en coma por segunda vez en un mismo día, si es que eso fuera posible. Pero antes de irme quería saber una cosa más de Artemis, así que me lancé a preguntársela.

-Artemis, ¿es la primera vez que haces esto? –dije, aun sabiendo que se lo podía tomar a mal, pero tampoco tenía nada que perder. Se puso de pie, abrió la puerta que daba a la sala mayor con un par de palabras en Élfico, se dio la vuelta y me contestó:

-Contigo sí.

CAPÍTULO DOS – HORIZONTE

Salí de allí todavía con mareos y necesitado de agua. Me pregunté qué hacer, pues no sabía dónde ir, ni siquiera sabía dónde me depararían cada una de las tres puertas que ahora tenía frente a mí.

-Deberías buscar a Mayordomo. Él te enseñará todo esto. Estará en el porche, probablemente –me dijo Artemis, y después se fue hacia la puerta de la izquierda.

-¿Y cómo salgo de aquí? –Le pregunté apoyándome en el quicio de ésta, pues se alejaba sin decirme cómo encontrar el camino hacia el porche donde se encontraba Mayordomo.

-Será mejor que lo busques tú mismo, así te acostumbrarás al modo de vida que llevarás hasta que encuentres tu final en este mundo –me respondió sin mirar atrás, poniéndole yo a su vez una cara de incredulidad y enfado al mismo tiempo. No me podía creer que me dijera eso.

Pero lo pensé mejor, y me alegré de que me hubiera dejado solo. Me encontraba ahora en la misma sala donde había aparecido, y tras observarla de nuevo, me senté en la misma silla de antes. Lo necesitaba, necesitaba sentarme en un sillón cómodo como aquél, no como la silla pequeña e incómoda de la sala claustrofóbica. Eché la cabeza hacia atrás, y cerré los ojos. Quizás todo era un sueño ordinario, como el que tenemos todos los días, y me volvía a despertar de repente y no hubiera ocurrido nada, pensé. Pero eso no era cierto, y me convencí de que aquel pensamiento solo me traería dificultades, así que intenté aceptar que estaba en coma, y desde ahí comenzar a actuar.

Así que estaba en coma… pero ¿por qué? No recordaba el momento justo donde me durmiera, donde recibiera el golpe, donde se me cortara la respiración. No llegaba a recordar la causa concreta de mi coma. Tampoco me desesperé mucho con ese tema. Quizás no importara demasiado.

Abrí los ojos y vi mi vaso enfrente de mí lleno de agua de nuevo. Miré a todos lados y no vi a nadie, aun así bebí todo su contenido y lo devolví a su sitio. No me llegué a interesar mucho por quién o qué llenó mi vaso, pero sea lo que o quien fuere, no lo debería de haber hecho, dado que ya tenía demasiadas preguntas y enigmas en la cabeza como para incluir uno más innecesariamente. Quise pensar que fue McGonagall mientras Artemis y yo estábamos en la sala infernal, augurando mi estado mental después de la charla con él.

Ya me sentí un poco mejor, y, acorde con mi personalidad, me pregunté una cosa más. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué al estar en coma viajaba a este mundo irreal? Se lo debí de haber preguntado a Artemis, porque si él no lo sabe, entonces yo aquí no hago nada de nada.

Me levanté para hacer lo que me había recomendado Artemis, buscaría a Mayordomo por mis propios medios y le sonsacaré todo lo que le pueda sonsacar, puesto que él seguro que era más abierto que Artemis. Para empezar, tendría que hacerme una idea de cómo sería físicamente, puesto que nunca había visto ninguna imagen de él, al contrario que por ejemplo de la profesora McGonagall, de la que me podía hacer una idea sacada de las películas de los libros. Cuando ya me había hecho la idea en la cabeza, salí por la puerta izquierda, la misma por la que había salido Artemis. Andaba por un pasillo largo y ancho, con puertas de diferentes formas, colores y tamaños repartidas siguiendo un orden establecido. No fue muy difícil el orientarse dentro del edificio cuando uno se aprendía dos o tres puertas de cada pasillo, o cuál era la puerta que estaba enfrente del pasillo donde tenías que girar. Aquello estaba muy solo, pensé, así que tienen que estar todos repartidos entre estas habitaciones o estar fuera del edificio. Cuando llegué al final del pasillo, había que decidir si girar a la derecha o a la izquierda. Me perdí como unas cuatro o cinco veces aquél día, y di otras tantas vueltas en círculo. No es que el edificio fuera un laberinto, sino que era muy grande. A los quince minutos de salir de la sala con las tres puertas llegué a un pasillo más ancho que los demás, dando la impresión de ser un vestíbulo. Las paredes iban aclarándose según te acercabas a un extremo del edificio, pero cuando me di cuenta de eso, ya estaba en el vestíbulo, revestido de un precioso mármol blanco reluciente. Al final había una puerta de cristal que dejaba entrar mucha luz del ¿sol? Salí por una de sus aberturas y al instante tuve que entrecerrar los ojos. Fue un acto reflejo, pues desde siempre he sido sensible a las luces fuertes, pero esta era una luz aclaradora, limpia, que te dejaba ver varios kilómetros más allá.

-Antonio, ¿verdad?

Me volví y me encontré con algo parecido a la imagen que me cree de Mayordomo en mi cabeza. Pero al instante le borré la expresión seria de su rostro y le puse una más jovial y cercana, me lo había imaginado más parecido a Artemis en los gestos de lo que en realidad era.

-Sí, y tú debes de ser Mayordomo. Artemis me ha comentado que debería de hablar contigo –encontrarlo finalmente fue más fácil de lo que pensé, cosa que agradecí mucho en ese momento.

-Así es –me contestó-. Es extraño que envíe a gente real a que hable conmigo. Ven, vamos al árbol de esa colina, tendrás una mayor vista de este mundo.

Caminamos hacia el árbol y me senté en el césped que había debajo. En ese instante noté la irrealidad de aquel mundo, dado que la hierba parecía de cuento. Verde frondoso, corta, suave y sin insectos molestos era el césped de aquel lugar. Quizás lo más estridente era un leve sonido de pájaros piando en intervalos irregulares de tiempo. Me tumbé. Mayordomo me inspiraba confianza, además, me merecía ser yo mismo con alguna persona, y me creí lo suficientemente capacitado como para serlo con él. Respiré y sentí el aire templado viajando dentro de mí. Estaba muy a gusto así.

-Supongo que si te ha enviado a que hables conmigo será porque sientes curiosidad por este mundo –comenzó a decir Mayordomo.

-Sí. No entiendo su existencia, ni su forma de ser, ni casi nada en realidad. ¿Qué hago aquí?

-Sabía que me harías esa pregunta, pero creo que tus dudas se resolverán sabiendo cuál es el objetivo de este mundo, para qué fue creado –me contestó.

Creo que me entendía, que sabía cómo me sentía en ese momento. No es fácil despertarte una mañana, y volver a despertarte, hablar con tu personaje fantástico favorito y que te diga que estás en coma. Supuse que Mayordomo me ayudaría a estabilizarme un poco antes de ponerme a resolver más dudas.

-Pues quizás. Ahora que lo dices, eso tampoco lo sé –dije, y esto le hizo gracia, pues sonrió y vi en él las ganas de soltar una carcajada, pero se contuvo.

-Este mundo es un mundo para personas en coma, pero no busques a otras personas en tu mismo estado, no las encontrarás. El objetivo de este mundo, y esto creo que te va a ayudar, es el devolver a las personas a su mundo (que se despierten), o si esto no es posible, que mueran. Quédate con que éste mundo es algo pasajero que sirve para concretar que pasará con tu cuerpo real. El cómo se hace esto no es algo que te tenga que decir yo, puesto que no soy el más indicado para dar charlas.

-Comprendo… -contesté resignado- Gracias por la información, Mayordomo. Me sirve por ahora.

O sea, ahora sabía que ese mundo era algo pasajero, que no me podía quedar ahí para siempre, lo que me alegró muchísimo, pues ya echaba de menos a mis familiares y amigos, y sobre todo a alguien especial, pero de eso ya os hablaré luego. Entonces lo que tenía que hacer era esperar en ese mundo a que algo hiciera que me despertase o que simplemente me desconectaran y muriera, ¿no? Bueno, tenía mucho tiempo para resolver las dudas que me quedaban, así que en ese momento me puse de lado y miré hacia el horizonte. Me llamó la atención que estaba mucho más lejos que en el mundo real, y deduje que aquel mundo no era redondo, sino infinito. Quizás por eso Mayordomo me dijo que no buscara a otras personas con coma, porque podrían estar a millones de kilómetros de donde estaba yo. Cerré los ojos, y le di las gracias de nuevo a Mayordomo, que se quedó allí sentado, apoyando la espalda en el tronco del árbol, pues no tenía nada mejor que hacer sino, al igual que yo, espera

CAPÍTULO TRES – BAGMANSIEL

A las aproximadamente dos horas me desperté en aquel césped tan agradable. El Sol había bajado su intensidad de luz y su posición, y los pájaros ya no piaban con la misma insistencia. Me incorporé del suelo para buscar a Mayordomo, pues era la única persona a la que podía confesarle que me moría de hambre. Ya no estaba en el árbol, sino en un lateral del edificio, donde había mesas largas de madera con bancos de su misma longitud, como los que hay en los cámpines veraniegos. Al frente estaba la profesora McGonagall, hablando con Mayordomo de un tema que parecía enfadarla. Deduje que, o se enfadaba constantemente o estaba hablando de mi caso, pues hacía los mismos gestos y ponía las mismas expresiones que aquella mañana con Artemis, incluso creí adivinar que imitaba una frase que dijo en la reunión inicial. Fui hacia allí temiendo interrumpir una conversación que quizás hubiera sido mejor que no interrumpiese, pero no tenía adonde ir, y al edificio descarté entrar, no quería perderme de nuevo. Al estar ya a pocos metros, McGonagall se percató de mi presencia y se calló, lo que me confirmó que estaba hablando de mí. ¿Qué ocurriría? Si solo era una persona más que entraba en coma de tantas y tantas que hubiera visto, ¿no?

-Buenas tardes –dije para romper el hielo.

-Puedes sentarte –me respondió fríamente McGonagall. Mayordomo rio debido al tono tosco de la profesora. Me senté al lado de Mayordomo, aunque tuve que dar toda la vuelta a la mesa.

-Tienes hambre, ¿verdad, chico? –me preguntó, esta vez menos cortante.

-Un poco. Bueno, un poco no –dije, consiguiendo sonsacarle una media sonrisa a la profesora. Debía de estar cómico: despeinado, con la cara de dormido y hambriento.

-Mayordomo, ¿le puedes traer algo al chicho, por favor? –preguntó volviendo su mirada hacia el robusto guardaespaldas de Artemis. Noté una mirada cómplice en su rostro. Querían que me quedara solo con ella.

-Claro, profesora –contestó, y se levantó y se fue en dirección a la entrada del edificio. <<Como tarde mucho me voy a desmayar por el hambre>> pensé.

Hablé yo primero, puesto que quería hacerle una pregunta de importancia menor antes que me empezara ella a contar lo que quisiera, pues se notaba que me quería hablar de algo.

-Profesora –empecé, y me atreví a mirarla a los ojos-, ¿sabría decirme para qué sirve la sala que está detrás de las pantallas? No le encuentro utilidad por mucho que lo intente, hay salas más grandes y acogedoras para realizar cualquier actividad antes que ahí.

-De hecho, hay varias así. Solo se abren pronunciando una contraseña en Élfico, idioma que solo domina Artemis, o casi. La que utilizó contigo tiene la función, según Artemis -dijo poniendo los ojos en blanco-, de que el sujeto que entra en coma no salga corriendo por el edificio de repente al enterarse de la noticia. Nos ha ocurrido un par de veces antes de que Artemis decidiera utilizar esa sala para acometer esa acción, y alguno que otro se ha hecho daño en la huida, pero era evidente que tú no ibas a hacer eso, ¿verdad?

-Tenía demasiadas cosas en la cabeza como para salir corriendo –respondí riéndome, lo que provocó de nuevo la media sonrisa de McGonagall. ¿Por qué no se reiría? ¡Ay! Estos ingleses…

Nos quedamos unos segundos en silencio, y yo esperaba dos cosas: a Mayordomo con mi comida y a que McGonagall me dijera lo que era evidente que me tenía que decir.

-Antonio, ¿cuánto tiempo llevas aquí? –preguntó la profesora al fin.

-No lo sé muy bien… quizás ocho u nueve horas ¿no?

-¿Y no has visto u oído nada que te llamase la atención?

-¡Huy! Miles de cosas, profesora, miles de cosas –le contesté.

-Pero me llama la atención que no te hayas percatado de un detalle en concreto, quizás uno de los más importantes de este mundo –dijo McGonagall, y me desconcertó por completo. A lo mejor tenía en la cabeza lo que ella quería que dijese, pero no me destacaba en mi cabeza ningún enigma en concreto. Tenía tantos…

-Pues ahora mismo no sé cuál, profesora.

-Te daré una pista. En esta región no hay pájaros.

Vale. Si quería liarme por completo, y que mi cabeza estallase de un momento a otro, lo estaba consiguiendo. ¿Se suponía que me tendría que creer aquello? ¡Pero si acababa de oír a varios pájaros hablando con Mayordomo en el árbol! Incluso al despertarme los había escuchado.

-Sí que los hay –fue lo que alcancé a decir.

-No. Tú los escuchas, me consta que los escuchas, pero aquí no hay pájaros.

-No le entiendo, profesora –y era verdad. No entendía una palabra de lo que estaba diciendo. ¿Me estaba vacilando? ¿Era ese el humor de Hogwarts, el colegio donde ella impartía clases en los libros?

-Esto es un poco largo de contar Antonio. Al llevar pocas horas en este mundo, o al llevar pocas horas en coma, como lo prefieras llamar, todos tus sentidos no están completamente reunidos en este mundo, así que a veces puedes escuchar sonidos, e incluso ver cosas que no están en este mundo, sino que los escuchas desde tu cuerpo en el mundo real. El piar que escuchabas antes probablemente sea el que se oiga por la ventana de la habitación donde te han instalado.

-Entiendo… -respondí. Creíble o no, oída la explicación y llegados a este punto de la conversación, el hablar con la profesora me estaba aclarando la mente, aunque ese en concreto fuera un tema que no me había preguntado nunca, ni siquiera había caído en la cuenta de que el piar provenía de pájaros fantasma. McGonagall ahora me transmitía seguridad. Aunque horas más tarde de hablar con Artemis, todo el que se cruzara me parecería de lo más agradable. McGonagall me miró, y entonces me surgió una duda cuya respuesta me aterraba- Pero, profesora, por qué entonces no he oído a mis padres, ni a mis hermanas, ni a los médicos…

-Quizás los hayas oído, pero lo más seguro es que fueran murmullos lejanos y aunque quisieras no darías a basto en entender siquiera una frase completa. No te preocupes por eso chico.

-No lo haré. Gracias profesora.

Se produjo un silencio entonces, quizás provocado por mí. No quería hablar más, pues me entristeció el que perdiera la oportunidad de escuchar la voz de mis padres o mis hermanas. Y quizás fuera por última vez. Entonces me miró fijamente a los ojos. Yo, casi sin darme cuenta, miré hacia abajo y se me cayó esa lágrima que desencadena las demás. La idea de no volver a ver a mis familiares y amigos me consumía. Claro que me iba a preocupar de intentar escuchar las voces desde mi cuerpo. Claro que ella sabía que todo eso me superaba, como superaría a cualquier otra persona que de repente se despertara en un mundo y le dijesen que estaba en coma, y que posiblemente no vería más a nadie que conociese. Me tapé la cara con las manos ante la visión, ahora pesimista, de todo el tiempo que me podría pasar en ese mundo antes de volver al mio, pero sobre todo, me asustaba enormemente la sensación de que quizás no pudiera ver más a mis conocidos. Desde aquel momento pude decir que sentía a la muerte cerca, demasiado cerca.

-Comprendo que sea muy difícil para una persona tan joven y con tantas y tantas cosas por vivir, pero no te puedes derrumbar Antonio, no ahora –intentó animarme en vano la profesora. Yo decidí no hablar, porque se me iba a quebrar la voz al instante y eso no ayudaría a tranquilizarme.

En ese instante oí pasos que se acercaban por detrás de mí. Era Mayordomo, que me traía una bandeja con comida. No se sentó, sino que se fue, apretándome antes el hombro en señal de apoyo. Lo agradecí, puesto que significaba que no estaba solo frente a aquello.

-Antonio, tengo prohibido decirte esto, pero creo que eres la persona ideal para que conozca el secreto que Artemis estaba intentando guardar a todo el que viniera por aquí, a todos los humanos en coma –comenzó a decir McGonagall.

Levanté la vista, y dejé al descubierto mis ojos rojos e hinchados por el llanto previo. La profesora me miraba fijamente en actitud solemne. Estaba cometiendo una infracción por mí. No sabía si grave o no, pero se estaba enfrentando a Artemis, que no es poco. De eso debía de estar hablando con Mayordomo, y por eso parecía tan enfadada con Artemis en la mesa. Ahora me encajaban muchas más cosas, como la frase de ella ‘sabes que tengo razón, Artemis, lo sabes. Pero parece que para que te importe tiene que estar relacionado con tu vida’. Quizás McGonagall estuviera intentado convencer a Artemis de que desvelara su secreto, sin éxito por supuesto.

-Ven, te llevaré a un sitio donde Artemis no nos pueda oír –concluyó McGonagall. Yo cogí la hamburguesa que me había dejado Mayordomo en la bandeja, pues me moría de hambre.

Nos levantamos, y me dirigió hacia la entrada del edificio. La profesora McGonagall caminaba con pasos largos y seguros, pues sabía donde iba. Cuando entramos en el vestíbulo, me percaté entonces de cómo era en realidad. Era una habitación rectangular inmensa, de unos doscientos metros cuadrados. Tenía aberturas a los lados y al frente, que daban a pasillos que constituían los entresijos del edificio. Debido al ensimismamiento, sueño y desorientación que tenía la primera vez que estuve allí, no me di cuenta de que el pasillo por el cual había salido medía como el doble de los demás. Supuse que era porque ahí estaba el pasillo que daba a su vez a las habitaciones más importantes. Me llamó también la atención la gradación del blanco al gris claro que había desde la pared más cercana a la puerta principal hasta la pared limítrofe con el pasillo en cuestión. McGonagall, con un intrigado Antonio persiguiéndola, se dirigió a ese mismo pasillo. Del camino no me acordaría nunca, ni tampoco llegaría a la habitación en concreto a la cual me llevaba la profesora de no ser por casualidad. Solo alcanzo a decir que la habitación estaba en el centro del edificio, pues las paredes que la rodeaban eran de mármol totalmente negro. Más tarde descubrí que había como una especie de manzana dentro del edificio, donde se encontraba la sala donde llegué por primera vez y, en el lado contrario a ésta, se encontraba la habitación donde me llevaba la ligera profesora. Yo, fatigado al intentar seguirle el ritmo y comiendo a la vez, admiré la puerta que se erguía frente a mí. Era de madera maciza, negra como el mármol que estaba a su lado, con el que parecía fundirse, incluso era difícil delimitar dónde terminaba la piedra y empezaba la madera. McGonagall, la cual me miró con una expresión de incredulidad al verme jadeando, se volvió hacia la puerta y me dijo que me echara hacia atrás. Me fijé en que la puerta no tenía pomo, y me pregunté como conseguiría abrir la puerta mientras me metía el último trozo de pan en la boca.

La puerta derecha se abrió después de que McGonagall dijera una frase en Élfico, un idioma que supuestamente sólo conocía Artemis dentro de aquella región del mundo del coma. Entramos por el hueco que había entre las dos puertas. Me esperaba una habitación más impactante, de acuerdo con la exquisitez de su puerta, pero ahí dentro solo había una mesa negra redonda no muy grande con cinco sillas como las que había en la primera sala. La mesa se sostenía por un cilindro del mismo material en el centro de la misma. Sin esperar a que me diera permiso, me senté en la primera silla que me encontré. Ella se sentó en la silla que había enfrente de mí.

-Bueno chico, espero que sepas valorar mi confianza en ti, pues me estoy jugando mi permanencia en este puesto, ¿entendido?

-Haré lo que pueda por no defraudarla profesora –respondí ya casi calmado del todo de mi llanto de minutos anteriores.

-Repito, confío en ti –esta vez sonó casi como una amenaza, pareciendo que quería decir ‘’más nos vale a los dos que mi confianza en ti sea satisfactoria’’. A continuación comenzó su discurso, el cual escuché muy atentamente-. Desde hace tiempo, Antonio, se encuentra en este edificio una piedra. Una piedra con poderes. Tantos, que según en las manos que cayesen se podrían hacer cosas muy grandes y maléficas con ella. Se llama la piedra Bagmansiel, que significa la piedra que transporta almas. Es un objeto único en este mundo por muchas razones, pero la que, por ahora, te interesa a ti es solo una –suspiró, dándole un suspense casi mortífero para mí -. Te permite viajar temporalmente a tu mundo, a tu cuerpo. No es fácil explicarlo teóricamente, pero debes saber que el viaje es sólo temporal, y que en tu mundo no podrás hacer nada. Solo podrás ver, oír y sentir con el tacto lo que esté viendo, oyendo o sintiendo tu cuerpo en el mundo real. Tus ojos ‘no reales’ se podrán mover por la habitación donde estés instalado. Esta es la única peculiaridad que tiene esta piedra, no más. Quizás te preguntes por qué la piedra no te permite oler ni saber lo que huele o saborea tu cuerpo. La respuesta es que la piedra no es tan grande como creímos en un primer momento, así que no permite hacer todo lo que nos gustaría –hizo una pausa y me miró fijamente a los ojos-. Muchos se han vuelto locos con menos, chico. No puedes dejar que los viajes repercutan en tu salud mental.

Se levantó y se acercó a la puerta. Pegó la oreja a la madera, se calló unos cinco segundos y se volvió a sentar en la misma silla.

-No me importa que pienses que soy fatigosa con este tema, pero confío en ti. Creo que podrás salir impune e incluso fortalecido de esto –continuó diciendo.

Bajó la mirada y se centró en un punto fijo en el centro de la mesa. Yo estaba totalmente atónito. Podía volver a mi mundo, cosa que agradecía más que nada en ese instante, pues lo necesitaba aunque solo fueran cinco minutos. Pero había un detalle que se me escapaba. La piedra Bagmansiel. No sabía donde estaba, y McGonagall, a juzgar por su apariencia nerviosa por momentos, no supe decidir si era que lo estaba porque lo sabía o porque no.

Habló en Élfico de nuevo. Esta vez más tiempo, y las palabras eran más complicadas que las que les había oído a Artemis y a la misma profesora antes de entrar en la sala. De pronto, oí un chasquido, y, por acto reflejo, miré debajo de la mesa. Al no ver nada, subí la mirada, y entonces vi lo que ocurría. El centro de la mesa que coincidía con el cilindro situado justo debajo empezó a girar lentamente, haciendo ruido al rozarse las piedras. McGonagall seguía hablando en Élfico y yo me estaba empezando a asustar. En el centro de la mesa comenzaba a formarse un hueco que formaba una hélice descendente, como si fuera un tornillo. La profesora y el centro de la mesa seguían haciendo lo mismo ante mi mirada, de ojos como platos, y de mi posición de defensa, agarrado a los reposabrazos de la silla y empujándome la espalda contra el respaldo de la misma.

Al fin, el hueco del centro de la mesa cesó de aumentar de tamaño con otro chasquido y a su vez McGonagall dejó de hablar en Élfico. La profesora estiró el brazo y metió la mano por el hueco que se había formado. Al sacarlo, su mano tenía en un puño un saco de cuero, por lo que inconfundiblemente contenía la piedra Bagmansiel en su interior. Se acercó a mí y me la dio. Yo inconscientemente le até un nudo en la cuerda que tenía para que la piedra, la cual ni había mirado, no se escapase.

-No tiene por qué saberlo nadie –me dijo. A mi no me salían las palabras. Esa piedra significaba mucho para mí ahora-.

CAPÍTULO CUATRO – EL ARMARIO

Yo seguía perplejo. Tenía en mis manos un objeto cuya importancia nunca llegué a percibir entera. Pensé que debía de tener muchísimo cuidado con cada paso que daba si tenía la piedra en mi poder. Aunque quizá por mi ignorancia no captase toda la importancia de la piedra, sí veía lo valioso que era. Salí de aquella sala con la bolsa de cuero que contenía la piedra en mi mano derecha. La apretaba fuerte inconscientemente, pues me asustaba un poco la dimensión de todo aquello. Tenía en mi mano derecha una razón por la que la profesora McGonagall podría estar en peligro. Ni le pregunté como era que sabía hablar Élfico, puesto que era un tema menor en esos momentos. Me metí la piedra en el bolsillo del pantalón, porque en la mano tenía miedo de que se me resbalara y cayera al suelo y con ella mi posibilidad de viajar momentáneamente a mi mundo. Caminábamos en silencio, mucho más despacio que la vez anterior. Quizás a ella también le asustaba la idea de haber sacado la piedra de la mesa enigmática. Yo la seguía sin rechistar. Estábamos deshaciendo el camino que hicimos una media hora antes. Para tranquilizarme y olvidar por un momento lo que tenía en el bolsillo, intenté fijarme en las puertas y memorizar alguna que otra para que la próxima vez que me enfrentara a andar solo por ahí no estuviera tan perdido como la primera vez. De hecho, ya reconocí el pasillo que llevaba a su vez al pasillo que daba a la sala mayor. Aproximadamente a mitad de camino me fijé en una puerta cuya imagen viajó hasta mi cerebro a una velocidad nada habitual, y la relacionó con el armario que llevó a los cuatro hermanos Pevensie a Narnia. Las Crónicas de Narnia era mi saga de libros preferida, escrita por C.S. Lewis. En ella, el autor expresa diversas aventuras, con el núcleo común de la fantasía y la aventura. Ese señor marcó mi infancia y pre adolescencia, dándome un lugar para refugiarme cuando quisiera abandonar mi mundo y viajar a otro totalmente nuevo. Sonreí al hacer esa similitud, pues ahora, de hecho, había abandonado mi mundo y había viajado a uno totalmente nuevo. McGonagall, ya más tranquila, se fijó en mi sonrisa al ver la puerta.

-¿Te gusta Narnia? –me preguntó curiosa.

-Sí. Significa mucho para mí. Me dio mucha alegría en una etapa de mi vida que no fue la más feliz que digamos.

-Pues vivirás ahí.

-¿Qué?

-Que vivirás ahí mientras dure tu estancia aquí. Necesitas cosas que te alegren, pues es fácil caer en un estado de desidia profunda y eso solo hace evitar tu pronta vuelta a casa. Yo tengo que salir fuera, tú entra y mira tu nueva habitación. No escatimes a la hora de hablar con la gente, pues te ayudarán bastante.

-Gracias profesora –dije sonriendo. Probablemente, fueron las gracias que más sinceramente di en muchísimo tiempo. Agradecía de veras lo que la profesora estaba haciendo por mí. Todavía no me creía que fuera la mismísima McGonagall la que diera la cara por mí. La misma que fue directora del colegio de Magia y Hechicería Hogwarts en los libros escritos por J.K. Rowling, Harry Potter, cuando hubo terminado la saga. Ella siguió adelante y torció a la derecha, yo me volví hacia la puerta y giré el pomo

–Gracias a Dios –pensé-. Menos mal que no tengo que hablar en Élfico.

Al abrir la puerta-armario, me encontré con la misma habitación que vio Lucy Pevensie jugando al escondite con sus hermanos. En frente estaba el armario que le llevó a Narnia, lo cual desencadenó el resto de las aventuras de los Pevensie, donde lucharon con la Reina Blanca, una maléfica gobernanta que condenó al mundo narniano con cien años de invierno.

Entré en la habitación, he de reconocer, un poco decepcionado, pues creí que entraría en Narnia directamente, y no en la casa del profesor Digory Kirke, donde me encontraba ahora mismo. La habitación estaba cambiada, quizás reajustada con las necesidades que fueran necesarias para convertirla en una habitación para un humano con coma. A mi izquierda había una cómoda de oscura madera antigua. Pegada a la pared derecha había una cama sencilla y una puerta. Ésta no tenía adornos como las puertas de los pasillos del edificio donde me encontraba. Me dirigí intentando no pisar muy fuerte, pues la moqueta vieja crujía a cada paso que daba, y aunque estaba solo en la habitación el estar en la casa donde tantas veces me había imaginado siendo un Pevensie me inspiraba respeto. Detrás de la puerta había un simple baño, ni más ni menos. Cerré la puerta para seguir explorando la habitación para pasar lo más pronto posible al plato fuerte de ésta: el armario. Estaba muy emocionado, aunque en el fondo sabía que aquello no existía realmente, sino que era una especie de recreación muy fiel de lo que escribió Lewis. Me daba igual. Pensaba disfrutar de aquello mientras pudiese. Total, para un momento en el que me lo pasaba bien en ese mundo y pudiéndome olvidar de mi desconcierto, lo quería aprovechar al máximo. Abrí todos los cajones de la cómoda, pero no había nada emocionante, solo camisas blancas de recambio, calzoncillos, pantalones y calcetines, todos inmaculadamente blancos. Noté que la habitación estaba considerablemente limpia, así que ahí debía de haber movimiento de gente. Me volví hacia mi objetivo. El armario. Las puertas de este eran idénticas a las de la habitación, o más bien al revés. Así que no esperé más y completé el sueño de cualquier fan de Las Crónicas de Narnia. Giré el pomo y abrí la puerta, e inmediatamente me dio una ráfaga de viento en la cara. Viento narniano, estaba respirando aire de Narnia. No me lo podía creer. Entré en el armario, y con cosquillas en el estómago de los nervios anduve entre los abrigos y prendas que estaban colgados de las barras. Caminaba con la cabeza gacha y los ojos cerrados, y con las manos estiradas a la altura del esternón, notando el paso de prenda a prenda que esquivaba. Finalmente, llegué. Abrí los ojos y alcé la vista, ya no estaba en el armario, estaba en el ‘Erial del Farol’, el sitio de entrada a Narnia desde el armario. Y ahí estaba, la farola plantada en el suelo, como estuvo desde los inicios de Narnia hasta ahora. Ahora sí que estaba disfrutando. Era verano en Narnia en ese momento. Volví a mirar hacia abajo y noté el césped, menos cuidado que el del mundo del coma. Había dos personas sentadas a una mesa de madera sencilla jugando al ajedrez. Uno era el señor Tumnus, al cual había conocido nada más llegar al mundo del coma. El otro… no sabía quién podría ser, pues estaba de espaldas a mí y solo veía su chaqueta raída y el pelo blanco. Me decidí a acercarme, pues Tumnus, el único que podía verme, no subía la vista del tablero pensando su siguiente movimiento.

-Jake Mate de nuevo Sr. Tumnus. Otra vez será –pronunció el señor de pelo cano. Tenía voz de señor mayor, y fumaba pipa. Pipa… ¿Pipa? ¡Como Digory Kirke! ¡Pues claro! ¿Quién podría ser si no? Me encontraba ante el dueño de la casa donde se encontraba mi nueva estancia en el mundo del coma.

El señor Tumnus torció la boca, y se rascó la perilla pensando en el error que había cometido en el juego para que Digory pudiera ganarle. Al escuchar mis pasos miró hacia arriba y sonrió al reconocerme.

-Buenas tardes Antonio. ¿Te gustaría tomar té con el señor Kirke y conmigo? –me preguntó amablemente.

Digory se dio la vuelta y me miró por encima de sus gafas de media luna. Tenía patillas y perilla, también canosas. El aspecto descuidado de su aspecto, es decir, los pelos despeinados y la ropa desvalida, le daba una apariencia afable y de cercanía.

-Por supuesto señor Tumnus –contesté animado.

-Siéntate aquí –dijo cediéndome su sitio-, iré por otra silla. Mientras, podrían presentarse.

A continuación me senté, todavía con una media sonrisa provocada por estar pisando Narnia con mis propios pies. Y ahora estaba enfrente de uno de los que la vio nacer.

-Buenas tardes señor –saludé. Estaba pletórico, aun estando en coma. Seguramente en mi cuerpo del mundo real también estaría sonriendo.

-Hola. Debes de ser el nuevo, ¿no? –Comenzó a decir- Esa habitación significa mucho para todos, chico, así que cuídala bien.

-Lo haré señor. He soñado muchas veces con estar aquí. Valoro mucho todo lo que veo ahora mismo.

-Entonces, ¿por qué no te has traído a tus hermanos? –me preguntó, y al ver mi cara de incredulidad, rio. Estaba bromeando por supuesto, pero vaya momento para hacer una broma. Me había cogido bajo de guardias.

-Nunca me creerían –contesté, siguiéndole la broma. Pues la primera chica que entró en Narnia por el armario, Lucy, volvió para contárselo a sus hermanos y estos no la creyeron. Siguió riéndose el anciano Digory.

-Deberías llamarme Profesor, o simplemente Digory. Señor es un título que me has puesto tú, chico.

-De acuerdo. Lo siento se… Digory –dije.

Como un acto reflejo me toqué el bulto que tenía en el bolsillo derecho del pantalón, donde se escondía la piedra Bagmansiel. De hecho creo que llevaba bastante tiempo haciéndolo.

-¿Qué llevas ahí? No sabía que se podían traer objetos del mundo real –dijo Digory mirándome fijamente. Pensé que podría sospechar algo, y la idea de que McGonagall estuviera en peligro si Digory se enteraba de que yo tenía la piedra me atormentaba. Me puse nervioso en consecuencia.

-No… no es nada –fue lo que llegué a contestar. Estropeé la última posibilidad de pasar a otro tema sin que hubiera ahondado más en el tema. Como me había puesto nervioso, ahora Digory sabía que llevaba algo que no quería que supiese.

Genial, treinta minutos después de que McGonagall me hubiera dejado solo, ya la había delatado. Ahora miraba hacia abajo, nervioso. Sentí un gran alivio al escuchar las patas del fauno acercarse por mi derecha con una silla de madera. Quizás podría pasar del tema sin tener que dar ninguna explicación.

-Y aquí vuelvo –dijo el señor Tumnus-. Siento la tardanza, mi casa lleva unos días patas arriba.

<<Siéntela, Dios… siéntela>> Pensé. Por un momento me había asustado muchísimo.

La tarde a partir de ese momento se volvió a convertir apacible. Afortunadamente, Digory Kirke no mencionó más el objeto que tenía en mi bolsillo derecho. Gracias al señor Tumnus por supuesto. Aproximadamente dos horas después Kirke dijo que ya era la hora de irse, y tras recoger aquello, me marché con él cruzando el armario de nuevo. Al llegar a la habitación, Digory se despidió de mí, diciéndome antes que si necesitaba algo estaba en la puerta de enfrente. No hice nada más durante la noche, sino tumbarme en la cama y pensar en muchas cosas. Aunque a los diez minutos Digory llegó con mi cena, que se me había olvidado por completo con las emociones vividas. Pensé en cómo estarían mis padres y hermanas en ese mismo instante, y en cómo reaccionarían mis amigos al enterarse de que el tímido Antonio había caído en coma. Pensé en quién iría a visitarme, y quien se limitaría a asustarse por mi estado. Pensé en cómo me ayudaría la piedra Bagmansiel en esos momentos. Pero sobre todo, pensé en esa persona especial que hacía latir mi corazón incluso a tantas dimensiones de distancia. Aun así, no es este el momento para hablar de esto. Quizás más adelante.

Pensando, me dormí. Y terminó mi primer día en coma.

Me desperté a la mañana siguiente, y noté un frio húmedo en mi mejilla. Al tocarlo supe que era una marca de saliva que había caído en la almohada a la altura de mi boca. Eso solo me pasaba cuando estaba muy cansado, así que intenté dormirme de nuevo sin éxito. Me destapé. Al ponerme boca arriba noté cómo la correa dejaba de apretarme por la parte derecha de mi pelvis. Me había dormido vestido, con la piedra Bagmansiel dentro del bolsillo derecho. Mi mano derecha se turnaba entre acariciar la marca de la zona liberada por la correa y tocar la piedra. Me levanté y fui hacia la cómoda. Saqué la bolsa de cuero que contenía la piedra y la guardé en el único cajón que no contenía nada. Me aflojé la correa y me cambié los vaqueros por un pantalón de algo parecido al algodón muy cómodo. También me puse otra camiseta de las que estaban en la cómoda, ambas cosas de un blanco impoluto. Doblé mi ropa y la dejé encima de la cómoda antes de volver a tumbarme en la cama y envolverme entre las mantas. No podía cerrar los ojos, pero no tenía nada que hacer sino esperar a que viniera alguien. O también podría ir a Narnia y mirarla más a fondo, pues solo había visto el Erial del Farol. Deseché la idea casi al instante, porque no sabía a lo que me enfrentaba, y no quería más sobresaltos mientras pudiese. Me distraje mirando cada recoveco del armario desde la cama, hasta que alguien llamó a la puerta que daba al edificio.

Al abrir, me encontré de nuevo con Digory Kirke, que llevaba la misma chaqueta raída del día anterior. En sus manos llevaba otra bandeja con tostadas y zumo. <<Este hombre me cae muy bien>> pensé, pues ya me había dado de comer dos veces. Como podéis comprobar, es algo claro que el coma me daba hambre.

-Buenos días chico. Veo que ya has explorado la cómoda que instalamos ayer –dijo mirándome de arriba abajo por encima de sus gafas redondas y pequeñas.

-Buenos días profesor –dije casi arrebatándole la bandeja de las manos y sentándome en la cama -. Gracias por la comida, de verdad –proseguí pegándole el primer bocado a la tostada.

-McGonagall me ha dicho que tienes algo interesante que contarme. ¿Es eso cierto? -preguntó Digory sin preámbulos. No se andaba con rodeos el profesor.

Me puse nervioso e inconscientemente miré hacia el cajón donde estaba la piedra. Digory lo miró también, pero no le dio importancia y volvió a mirarme a mí. Se paseó por la sala, esperando a que fuera yo quien rompiera el silencio. ¿Por qué le ha dicho McGonagall eso? ¿No era un secreto muy bien guardado? Consideré por un momento la posibilidad de que fuera una trampa, de que Digory sospechara que McGonagall hubiera robado la piedra para mí, como de hecho había sucedido. Entonces, con el corazón a mil por hora, tuve que tomar la decisión por primera vez de considerar a Digory a un aliado de Artemis o de McGonagall. En el primer caso, Digory delataría a la profesora y me quitarían la piedra y con ellas las posibilidades de viajar a mi mundo, y lo peor, no sabía lo que le ocurriría a McGonagall. Por otro lado, si era cierto que McGonagall le había contado algo, era él quién tenía que responder las preguntas. Dejé la bandeja a un lado de la cama, pues se me había secado la boca de la ansiedad. Él se sentó en la silla que había al lado de la cómoda y siguió esperando a que hablara. Decidí ser prudente, e intentar calar sobre la marcha por quién se posicionaba, si por McGonagall y en ese caso intentar ayudarme o en el caso contrario por Artemis y delatarnos.

-¿De qué se trata profesor? –Contesté con dificultad. Se me notaba que estaba mintiendo, pero si no descubría dónde estaba la piedra, estaba momentáneamente salvado.

-Pues de la piedra Bagmansiel, por supuesto. Hace años que no la veo, y por lo visto ahora la tienes tú, ¿no? –Respondió el profesor. En ese momento dudaba de todo, y no podía saber con certeza las intenciones de Digory. Y para colmo mis nervios aumentaban.

Puse cara de no saber de lo que me hablaba. No me creyó. Él, con toda la tranquilidad del mundo, empezó a fumar de su pipa.

-No sé qué piensas chico, pero solo quiero ayudarte. Sé cómo funciona la piedra. Y sé que McGonagall te la dio. Confía mucho en tus posibilidades, desde el primer momento. No suele ser así, por lo tanto debes de valorar la ayuda que te estamos prestando. Te diré como funciona la piedra, no hace falta que me la enseñes.

-No, Digory, espera –perfecto, ahora me sentía mal. Pues claro que sus intenciones eran buenas, ¡pero si era el Profesor Digory Kirke! Además, McGonagall aquí era una autoridad, todo el mundo debía de confiar en ella, incluso el mismo Artemis, aunque sus ideas fueran contrarias respecto a mi caso.

Me levanté y él esbozó una media sonrisa. Caminé hacia la cómoda. Abrí el cajón donde había metido la piedra y la saqué. A él se le iluminaron los ojos en una muestra de respeto e ilusión al verla. Por lo visto representaba mucho para todos los personajes. Dejé que la cogiera como disculpa por haber desconfiado de él. Ahora sonreía también yo. Iba a viajar a mi mundo.

-Vamos a Narnia, chico. Y después, a tu mundo.

Quince minutos después estábamos preparados para mi segunda incursión en aquel mundo. Yo me vestí con unas ropas que me prestó el señor Tumnus ya en Narnia. Actualizando a Tumnus, Digory le pidió prestado unos caballos para alejarse de la puerta del armario.

-Cuanto más lejos de Artemis estemos más seguros podremos estar –Dijo Digory.

Tumnus quiso venir con nosotros, y así lo hizo. Silbó pellizcándose el labio inferior y aspirando fuerte. Acto seguido, vino un caballo negro como la mesa de la sala principal.

-¿Necesita algo señor? –Habló el caballo. Fue increíble la sensación que dio. Voz grave y lineal, como un criado de película inglesa.

-A ti y a dos más, tráete a Bree –contestó el fauno.

-Como guste señor –añadió el caballo.

Se dio la vuelta muy despacio, y al instante volvió con dos caballos más. Tumnus me ayudó a montar en el más esbelto, él mismo se subió en el que parecía un criado inglés y Digory montó en el que quedaba.

-Al dique, Bree. Tú nos guías –dijo Kirke.

Era la primera vez que montaba a caballo. Bree era a quien yo montaba, y al parecer era importante en ese lugar. Disfruté como si fuera un niño. Sentía el viento narniano despeinándome el flequillo, mientras Bree galopaba debajo de mí. No estaba siguiendo senderos ni ningún otro método de orientación aparentemente servible, simplemente galopaba en una dirección y de vez en cuanto cambiaba la dirección un poco. Al salir del erial del farol había bosque. Solo bosque con árboles considerablemente juntos. Los tres caballos al parecer estaban acostumbrados a correr por allí, pues parecía que sus movimientos estaban ensayados.

-¡Agáchate Antonio! –dijo una voz, a la cual no llegué a conocer en el momento.

En ese instante estaba mirando hacia la derecha con la espalda erguida para mantener mejor el equilibrio. Miré hacia al frente al sobresaltarme con la voz, y a escasos tres metros de mi se encontraba una rama horizontal a la altura de mi cuello que me hubiera metido la nuez hacia adentro de no ser porque me agaché a tiempo, con los últimos pelos de mi cabeza rozando el tronco.

Miré al caballo con cara de asesino. Ya podría haberse parado o haberlo esquivado, pensé con enfado descomunal. Más tarde descubrí que era él quien estaba gritándome que me agachara desde antes de que me lo hubiera dicho Tumnus. Pero con el ruido del viento no me enteré.

Seguimos galopando durante un tiempo fantástico, haciéndoseme cortísimo hasta que me bajé de Bree.

-Gracias Bree.

-De nada chico –contestó y se fue con los demás caballos.

Estábamos, en un claro entre los árboles atravesado por un río. Había desniveles, lo que me llevó a pensar que hace mucho tiempo había un dique construido por castores narnianos. Lo que ratificó mi idea fue que, al volverme sobre mis pies, me di cuenta de la presencia de una casa construida con palos de madera. No era muy alta, lo suficiente para un castor. Nos encaminamos hacia una base de tronco de árbol que dejaba notar la presencia de un árbol inmenso en un tiempo lejano. Supongo que se podría utilizar como mesa si uno se sentaba en el suelo. Me imaginé a el siempre correcto Profesor Kirke con Tumnus jugando al ajedrez sentados en el suelo oyendo como el río salpicaba sobre el brezo colindante pensando sobre su próxima jugada.

Llegamos a la base del arbol, y tal como imaginaba, el Sr Tumnus se sentó de lado frente a la base del árbol. Cuando estuvimos sentados los tres, Digory habló.

-Bueno, Antonio, creo que es el momento de que vuelvas a tu mundo, momentáneamente por supuesto. Saca la piedra y déjala aquí –dijo señalando el centro de la peculiar mesa.

Me metí la mano en el bolsillo de mi nuevo pantalón. Saqué la bolsita de cuero tirando de la cuerda con cuidado de que al salir no hiciera ningún movimiento brusco. Tal y como dijo Digory, y con la mirada fija en la bolsita marrón, la dejé sobre el centro de la mesa. Temblaba ligeramente debido a los nervios. ¿Qué me encontraría al volver? ¿Con quién? Para intentar controlar la situación, miré a Digory con ojos inconscientemente muy abiertos.

-El método es muy sencillo chico. No tiene más complicación que coger la piedra en tu puño y acercártela donde estaría tu corazón si estuvieras vivo. Así de simple.

-¿Tocarla y nada más?

-Exacto.

Tragué saliva. Por fin algo fácil en este mundo, pensé. Bajé la vista ahora hacia la bolsa que contenía la piedra, infinitamente nervioso. Ahora tenía miedo. ¿De verdad quería ver lo que me esperaba en mi mundo? ¿Y si me encuentro con algo que no me gustaría ver?

El grito de impaciencia de Tumnus me sacó de mi trance, y sin pensar cogí la bolsa con la piedra, aflojé la cuerda y dejé caer la piedra sobre la madera, creando unos tres segundos eternos, en que el brillo rojo de la piedra nos cegó a los tres reflejando el brillo de la luz del sol narniano en cada una de sus muchas irregularidades. Tenía forma de punta de lanza, dando la sensación de que la piedra Bagmansiel era más antigua de lo que me había imaginado. Terminó de rebotar y, todavía con la piedra en movimiento rotatorio por la inercia de la caída, alcé la vista y descubrí los rostros boquiabiertos de mis compañeros, que todavía miraban a la piedra.

Suspiré nervioso, y con las sonrisas ahora serenas de mis acompañantes, me dispuse a visitar a mi cuerpo.

CAPÍTULO CINCO – VOLVERÉ

Toqué la piedra y sentí un hormigueo incómodo por todo el cuerpo. Sufrí una sensación de abandono de mi cuerpo, como si entrara en coma de nuevo. Di vueltas, di muchas vueltas en una nada infinitamente negra. Sentí cómo de un tirón mis pies se separaban del suelo. Finalmente, algo de luz pudo llegar a mi retina, una luz que se intensificaba cada vez más. En unos pocos segundos, estaba ahí.

Me encontraba en una habitación de hospital inmaculadamente limpia. Por la ventana entraba una luz clara mezclada con el sonido de los pájaros que escuchaba en el mundo del coma. Justo enfrente de mi, estaba yo.

Me conmocionó ver mi cuerpo cubierto de tantos tubos que entraban y salían de mi cuerpo como si de una red ferroviaria se tratase, aunque más tarde pensara que eso era precisamente lo que me estaba salvando la vida de momento.

Era yo. Dormido. Respirando agitadamente me quedé mirando mi cara semi inerte. Una vez más sentí miedo. Miedo de perderlo todo, de irme sin más, joven, sin casi haber empezado a vivir. Me maldije por no haber predicho ese momento y no haber disfrutado más de mi corta edad, aunque después en frío me perdonara en parte.

La habitación no estaba sola. A la izquierda de mi cuerpo había una mujer de unos cincuenta años de edad. Tenía el pelo castaño muy rizado y por los hombros, y los ojos del mismo color. Se mordía el interior del labio inferior, una manía que yo también tenía. Había llorado mucho, se notaba. Sus ojeras marcadas reflejaban la noche sin dormir que habría pasado. Casi podía escuchar su llanto angustiado por la pena e impotencia de un ‘por qué’. Me acerqué a ella con el corazón en un puño por mi esperanza vana de que hubiera un milagro por el que me pudiera ver. Me puse en cuclillas a la altura de su cara.

-No llores más mamá. Volveré, te lo prometo –dije en voz alta, aun sabiendo que no me iba a escuchar.

Mi madre siguió con la vista perdida más allá de la televisión sin audio situada en la pared de enfrente. No le estaba prestando atención. Quizás su mente, al igual que la mía, no podía asimilar que su hijo pudiera morir de un momento a otro.

En sus manos portaba un rosario celeste que le regalé cuando era ella la que estaba enferma. Lo tenía entrelazado en sus manos, pareciendo imposible el arrebatárselo.

Había tenido el detalle de traerme el móvil y el libro que me estaba leyendo antes de caer en coma. Supongo que con la intención de que mi cuerpo se sintiera como si estuviera en mi habitación, y despertara antes.

Con lágrimas en los ojos, me incorporé y retrocedí hasta la posición donde había ‘aterrizado’ del mundo del coma. No quería pasar más tiempo ahí. Me sentía incómodo de estar en un mismo sitio con mi cuerpo. Miré hacia abajo y me vi por primera vez. Era transparente, o casi. Más tarde supe que era una facilidad que otorgaba la piedra a los viajantes para que la confusión no fuese mayor de lo que es ya de por sí. Me toqué el bolsillo donde había metido la piedra, y noté los bordes bajo la tela del pantalón de Kirke. Esta sensación era nueva, dado que la piedra siempre había estado en un saquito de cuero.

Así, acariciándome el bolsillo, me quedé pensativo durante unos minutos, sin atrever a volver al mundo del coma ahora. Tenía miedo de no volver de nuevo, nunca.

Me sobresaltó el sonido de la puerta. Sacándome de mis pensamientos, entró mi hermana con pasos muy lentos y con la cabeza ligeramente virada hacia un lado. También tenía marcadas ojeras. Se acercó a mi cuerpo y me besó la mano. Detrás de ella entró un enfermero bajito y con un gorro que llamaba mucho la atención.

Me miró. Lo noté. Noté como nuestras miradas se cruzaban, la suya distraída, posiblemente pensando en guardar las formas mientras pensaba en qué haría después de salir del trabajo, y la mía impaciente por volver a fijarme en mi hermana, que miraba la cara de mi cuerpo con los ojos caídos. Se sobresaltó, de hecho, me fijé en que esquivó el pisarme el pie incorpóreo. ¿Cómo? ¿Por qué él podía verme, y mi madre y mi hermana no? Enfadado, le hablé.

-¿Puedes verme, verdad?

No hubo respuesta. Se limitó a parecer un autómata mientras me cambiaba una bolsa con un fluido transparente. Cando hubo terminado, volvió sobre sus pasos después de decir ‘buenas tardes’, pero antes de cruzar la puerta, se volvió y dijo:

-Háblenle. Hagan como si le pudiera escuchar, a muchos les ayuda. Tanto a la familia como a él.

Y procurando esta vez esquivar mi mirada atónita y mi boca abierta, se fue caminando. Pensé en seguirle, pero era inútil, si pudiera hablarme no lo haría a no ser de que estuviéramos solos. Decidí no darle más vueltas y preguntarlo cuando volviera al mundo del coma.

Mi hermana volvió a mirar mi cara, mientras yo la miraba a ella apoyado en el barrote que había en los pies de la cama. Se echó una mano a la barbilla para disimular cómo le temblaba, hasta que no pudo más y se echó a llorar desconsoladamente. Yo no estaba seguro de si ver eso me ayudaría o no, pero no quería irme. Me sentía culpable si me iba y la dejaba ahí llorando mientras no perdía vista de mi cara. Mi madre, sobresaltada se levantó y la abrazó de lado, puesto que ella no se movía.

-Se despertará y lo verá. Seguro. Su vida no puede terminar así –dijo mi madre.

Intentó tranquilizarse un poco, lo suficiente para poder hablar, y cuando pudo, lo hizo.

-Nunca creí que te lo iba a decir así, nene –así era como me llamaba- pero vas a ser…

No pudo terminar la frase, rompiendo a llorar de nuevo. Vi como se sacaba una caja pequeña y roja de su bolsillo de la chaqueta. Dentro había un chupete.

-Vas a ser tío, nene.

Abrí mucho los ojos. Tanto, que creo que incluso mi cuerpo se sobresaltó. Era mi sueño. Lo deseaba tanto, tantísimo. Ahora yo también lloraba, pero de alegría. Por un momento no me importó si moriría o no: mi familia no vería reducido su número de componentes. Los tres nos sumimos en un abrazo en el que las lágrimas nos mojaban los hombros. Al separarme, me di cuenta de que dejé una mancha de lágrimas de verdad en su chaqueta. Esperando en vano que se diera cuenta, me senté en el suelo a esperar a que nadie mirara. Ahora debía de cumplir una misión.

Un rato después, me levanté y cogí con tiento el chupete que mi hermana había dejado encima del libro de la mesita de noche. Mi hermana se había ido, dejando a mi madre de nuevo sola conmigo, y esta se había quedado dormida. Con mucho cuidado, lo llevé hasta mi cuerpo, e hice que mi mano corpórea lo cogiera. Al dejarlo, vi en el chupete la inscripción ‘Para el mejor tato del mundo’.

Y llorando levemente de nuevo, me introduje un poco la mano en el bolsillo, dispuesto a volver al mundo del coma, prometiéndome volver a su vez a mi mundo.

-Adiós mamá. Gracias, Julia. Lo veré nacer, os lo prometo.

CAPÍTULO SEIS – VOLEIQUIDDITCH

Saqué la mano del bolsillo junto con la piedra. Subí la vista y ahí estaban Tumnus y Kirke conversando sobre la partida de ajedrez del día anterior. Se volvieron hacia mi rápido. Al ver mis lágrimas todavía sin secar cayendo por mis mejillas, el fauno me agarró del brazo y me preguntó que qué había visto. Me levanté, cabizbajo, poco a poco, y empecé a andar hacia donde estaban los caballos. Me quería ir de ahí, pero no sabía dónde. Tumnus y el profesor me seguían varios metros apartados de mí. Comprendían que quisiera estar solo.

-Espera muchacho –dijo Kirke.

Me paré y me volví. No tenía que estar enfadados con ellos. Ellos no tenían la culpa de nada.

-Sea lo que sea lo que hayas visto, estamos contigo –me recordó Tumnus.

-Lo sé, gracias –agradecí. Quise regalarles una sonrisa pero no me fue posible.

Nos fuimos en silencio hacia el Erial del farol montados en los caballos. Esta vez no galopaban por instrucción directa del fauno. En el camino Bree habló.

-Recuerdo cuando mi amo me contó que un gato se convirtió en Aslan ante sus ojos, el león más fiero y respetado de la historia narniana, el que murió no solo una vez, sino incontables veces. Desde entonces mi amo era distinto. Tenía esperanza. Esperanza… Esa palabra convertida en sentimiento unió a mi amo con su hermano sin antes conocerlo. Gracias a la esperanza de mi amo se rencontró con su familia.

Su discurso se parecía más al de alguien que hubiera estado conmigo durante el viaje. Parecía que había visto todo lo que yo había visto. Aun así, supuse que ese discurso se lo hubiera dicho a cualquier persona en coma, dado es algo universal el que alguien se quiera rencontrar con su familia en ese estado.

Seguíamos avanzando lentamente, mientras yo reflexionaba sobre lo que hablaba Bree. Esperanza. No la debía de perder nunca. Pasara lo que pasase, no me podía venir abajo, porque todavía no había pasado nada. Pero no me prometí nada a mi mismo, dado que no sabía cuánto tiempo psicológico debía de pasar hasta que me hartase de este mundo, no sabía el tiempo que aguantaría sin ver a mi familia. ¿Podría resistir una eternidad entre personajes ficticios? ¿Me convertiría en uno de ellos? ¿Era mi destino el ayudar a otras personas a salir del coma, y no al revés? No. No podía ser así. Tenía que terminar lo que tanto había dejado sin terminar (ni empezar) en vida.

Se me empezaba a hacer cansino el ir y venir de mi espalda provocado por el lomo del caballo, cuando divisé el reflejo de la luz que me daba en los ojos de un cristal. Era un cristal de la farola del erial. Me bajé del caballo con más maestría de la que me había subido. Estaba un poco más animado gracias al discurso de Bree. O quizás la palabra adecuada era esperanzado.

-Gracias Bree –y él supo por qué le daba las gracias.

-A ti por no apretarme el lomo con las rodillas, chico –contestó guiándome un ojo.

Me metí en el armario de nuevo para salir por la puerta que llevaba a mi habitación. En la cama estaba mi almuerzo. Me abalancé sobre él cuando entraron Tumnus y Kirke. Salieron por la puerta hacia el edificio, pero antes me dijo Kirke que guardara la piedra en el cajón donde la había puesto la primera noche, y que leyera la nota que me habían dejado debajo del posavasos.

-Gdaciaz –fue lo más digno que pude contestar con la boca llena de migas. Si no me lo hubiera dicho, no me hubiera dado cuenta de la pequeña porción de papel rasgado que había debajo de mi vaso de agua.

Lo cogí con las manos manchadas y leí lo que había escrito. Eran unos trazos firmes y elegantes, así que antes de que bajara la vista hacia la zona baja del papel, ya sabía quién era la autora.

Cuando lo termines ven al árbol donde

 hablaste con Mayordomo. Que aproveche.

                             Minerva McGonagall

Me sorprendió lo cercana que había sido en la nota. Una fórmula de cortesía y poner su nombre en vez de Prof.ª.

Terminé sin sobresaltos y me dispuse a salir por la puerta cuando me acordé que tenía que dejar la piedra en el cajón.

Salí de la habitación, y, para mi sorpresa, llegué al vestíbulo a la primera. Sin perderme ni una vez. Estaba orgulloso de mí. Salí por las puertas de cristal inmaculado y fijé mi vista en el árbol desde donde se podía ver el horizonte infinito. No había nadie. Aun así fui y me senté apoyándome en el árbol. Cerré los ojos y pensé en todo lo que me estaba perdiendo. Sin querer estaba fastidiando el mejor momento de la vida de mi hermana. Lo sentía mucho. Me sobresaltó el piar de los pájaros, que me hicieron acordarme de lo que me dijo Bree. Sonreí levemente. Un sobrino. Me prometí enseñarlo a jugar al baloncesto. Si fuese niña también. Lo tenía claro.

Me acordé del enfermero rechoncho… Se lo tenía que preguntar a alguien. No podían ser imaginaciones mías.

Los pájaros del mundo real seguían piando. Me concentré en escuchar algunas voces, pero no fue posible. Decidí relajarme acariciando las puntas de la hierba perfecta sobre la que estaba sentado. Disfruté la brisa que agitaba levemente mi camisa blanca. Todavía la llevaba puesta.

Abrí los ojos, y a treinta centímetros de mí estaba un monstruo gigante y negro que me quería coger y secuestrarme. Miré hacia arriba asustadísimo y me encontré con la cara seria de Mayordomo.

-Vaya susto que me has pegado, macho.

Se contuvo bien la carcajada, pero no pudo disimular una sonrisa.

-Vamos a jugar al VoleiQuidditch, ¿jugamos? –me preguntó.

-¿Jugar a qué? –pregunté intrigado.

-Al VoleiQuidditch. Claro, tu no has jugado nunca, pero una vez que lo pruebas es mejor que cualquier otro deporte. Vamos, ven un rato.

Jugar. Ahora que acababa de volver de mi mundo… No era precisamente el momento idóneo. Pero era lo que necesitaba, así que me lo miré y le dije.

-Gracias.

-No sé si tomármelo como un sí o un no, pero si te interesa, estamos ahí –dijo señalando una zona en el lateral del edificio donde estaba una red que parecía de voleibol, solo que más alta.

-De acuerdo –contesté sonriendo.

-¡Me voy que empiezan sin mí!

Y dicho esto se fue dando largas zancadas, que con su altura equivaldría al trote de cualquier otra persona. Cuando aparté la mirada de su enorme silueta desvié la mirada hacia otra mucho más delgada y más baja. Venía hacia mí un chico de mi edad, más o menos, que avanzaba con paso seguro, mientras su chaqueta se abría por el viento, dejando a la vista los flecos de su camisa ocasionados por su delgadez. Era Artemis Fowl. De nuevo. Ese chico me intimidaba más que cualquiera en ese mundo.

-¿Cómo lo llevas?-me preguntó, cuando todavía no hubo terminado de subir la colina del árbol solitario.

¿Artemis Fowl preguntándome cómo lo llevo? ¿De verdad? ¿Llevar el qué? Pero lo importante era… ¿de verdad le importaba mi vida? ¿O lo hacía por cortesía? No tenía ni idea, así que decidí darle una oportunidad y contestarle lo más cordial posible. Quizás pudiera sacarle lo mejor de él.

-Estoy un poco… -‘’afectado tras la visita a mi mundo’’ sería la culminación de esa frase. Pero recordé que McGonagall no quería bajo ningún concepto que Artemis supiera que tomamos la piedra ‘prestada sin permiso’- mejor. Gracias Artemis.

Mi intento de ser sincero y abrirme a él, para que él se abriera a mí fallaron. Ganó dentro de mí la prudencia. Aunque podría habérselo dicho y que McGonagall y él se las arreglaran como pudieran. Pero no quería perder la piedra. No. Bajo ningún concepto.

Para mi sorpresa, se puso de cuclillas y se sentó delante de mí abrazándose las rodillas. Por primera vez parecía un chico normal. Y seguramente lo era. Pero creció en un ambiente frío y distante. No tiene que ser fácil que la única compañía que tengas sea la de tu mayordomo, mientras tu padre se enriquece más y más trabajando fuera de casa. Me miró, y pareció penetrar dentro de mí. Notaba como su mirada entraba dentro de mí y me leía los pensamientos. Me esforcé en que mis gestos no desvelaran nada extraño que pudiera hacerle pensar que en el cajón de mi dormitorio estaba la piedra. Lo miré, y no pude disimular una leve sonrisa. Yo estaba haciendo lo mismo con él. Sabía que él disfrutaba mucho más utilizando su inteligencia para hacer el bien a la gente que para fastidiarlas. Si no fuera así, no podría haber llegado a dirigir todo esto.

-¿Has hablado con Sherlock? –preguntó finalmente, poniendo fin al intercambio de miradas.

-Mmmhh… no. No se quien es –contesté. Y así era. No sabía quién era.

Puso los ojos en blanco y soltó un bufido de suficiencia. Le salía solo el ser desagradable.

-Sherlock Holmes… El detective… Arthur Conan Doyle… ¿ya?

-¡AAAAH! Sí. No sabía que también estaba aquí –dije en un intento de sorpresa. Ya no me sorprendía nada.

-Deberías hablar con él. Si no lo haces estarás perdiendo el tiempo. Cuando hables con él, búscame y vuelve a hablar conmigo.

-De acuerdo, Artemis.

Me dedicó una media sonrisa y se reincorporó. Se alisó las arrugas de la chaqueta y me volvió a mirar.

-Suerte.

-Gracias.

Supuse que McGonagall se refería a que esperara a Artemis… Quizás Artemis mismo le pidió a McGonagall que me lo dijera. Me levanté. Ya no iba a esperar más. Llevaba un día y medio en este mundo, y necesitaba desconectar aunque solo fuera por quince minutos.

Me encaminé al campo de VoleiQuidditch que me había señalado Mayordomo, y allí estaban congregados muchos personajes fantásticos. No entendía el juego, pero me hacía mucha gracia ver al que sin duda era el Cid Campeador con algo parecido a un bate de béisbol moviéndolo como si fuera una espada. Parecía divertido. Todos sonreían. Todos eran ajenos a que yo me estaba jugando la vida y la muerte. Y así debía de ser, me dije. Capté el mensaje. Por muy mal que se esté, no hay que quitarle tiempo a las sonrisas, porque estamos aquí por un tiempo limitado, y seguro que nos arrepentiremos si en la mayoría de ese tiempo hemos estado discutiendo o simplemente lamentándonos por los fracasos, o quizás por lo no vivido. Lo capté. No existe la infelicidad absoluta. No en mí, desde luego.

Me puse en un lateral del campo y me acerqué al Sr. Tumnus, que animaba al equipo de Mayordomo. Me miró y sonrió. Se acercó a mí y me puso un brazo en los hombros.

-¿Quieres jugar, Antonio? –me preguntó animado.

-Parece divertido, pero no sé. Nunca he jugado a este juego.

-Eso tiene solución, amigo. ¡Hugo! –vociferó.

Al instante se acercó un chaval de mi edad con flequillo rizado y gafas redondas. Tenía una expresión sonriente que parecía la posición natural de su cara.

-Hugo, este chico no sabe jugar al VoleiQuidditch –dijo a ese tal Hugo.

-¡Oh! ¡Voy corriendo! –contestó sonriendo ampliamente.

-Te traerá unas nociones básicas de lo que es el juego. Se explica de maravilla, ya verás. Además, no es un juego complicado.

Vi como Hugo se alejaba y abría una mochila negra. Sacó una carpeta, y rebuscó en ella hasta sacar el papel que le interesaba. Se acercó a nosotros con paso alegre.

-Aquí tienes –dijo sonriendo, tendiéndome el papel que acababa de coger-. Eres Antonio, ¿verdad?

-Así es –contesté sonriendo también. Era imposible no hacerlo delante de este chico que irradiaba buena energía-. ¿Y tu eres…?

-Hugo Davidson. Para lo que quieras –me tendió una mano, se la estreché, y me dedicó otra sonrisa. Volvió hacia el otro lateral del campo y se sentó al lado de su mochila en una banqueta.

Miré el papel, que se trataba de un manuscrito con letra pequeña pero perfectamente legible. Me dispuse a leerlo.

 

VOLEIQUIDDITCH (Instrucciones)

Consiste en una red con tres agujeros, dos de igual tamaño y otro un poco más pequeño. En un campo rectangular, dos equipos de cinco personas tienen que intentar conseguir llegar a 24 puntos. Los puntos se consiguen intentando que una pelota caiga en el campo del contrario. Si cae habiendo pasado antes por encima de la red, 1 punto. Si cae habiendo pasado antes por uno de los agujeros grandes, 3 puntos. Si cae habiendo pasado antes por el agujero pequeño, 5 puntos. Si pasa por uno de los agujeros grandes, aunque no caiga, un punto. Si pasa por el agujero pequeño, aunque no caiga, dos puntos. Dificultades: Los agujeros grandes se mueven formando una elipse en la red, que llega al suelo. El agujero pequeño se mueve sin orden establecido, pero siempre el línea recta, y girando siempre en 90º. Hay dos pelotas pequeñas que atraviesan la red sin problemas que paralizan un segundo al que le de.

Los equipos son dos atacantes, que se ocupan de intentar que la pelota caiga en el otro campo, y de intentar encestarla por los agujeros; dos defensores, que se encargan de facilitarle las trayectorias del balón a los atacantes, y de evitar que la pelota caiga en su campo, y un bateador, que se encarga de golpear la pelota paralizante con dos objetivos, el de dificultar la labor del equipo contrario, y el de defender a su equipo de la pelota.

Gana el que llegue a 24 puntos.

Por la otra cara estaba escrita la historia de este deporte, pero decidí leerla más tarde. Me gustaba la idea. Miré a la red y efectivamente ahí se encontraban los dos agujeros mayores moviéndose en elipse, y el pequeño moviéndose al azar. Vi a Mayordomo y al Cid con sus respectivos bates y a la pelota paralizante. Me senté a ver el partido. Lo mejor sin duda era el buen rollo que había. Se sucedían los chistes sobre el lenguaje del Cid, o sobre la torpeza defensiva del anciano Digory Kirke. Todos reían. Hugo desde el otro lado del campo también, por supuesto. Hubo un gran revuelo cuando el mismo Digory Kirke, que estaba en el mismo equipo del Cid, dio un vuelco al partido colando la pelota por el agujero pequeño casi sin querer, y haciendo que cayera al suelo dando cinco puntos cruciales para su equipo. Finalmente no sé quién ganó, pero me quedé con las ganas de jugar.

Un hombre fue hacia Hugo, le dijo unas palabras y miré hacia ellos cuando el adolescente me señaló. El señor, de unos sesenta años, pero con la vitalidad de uno de veinte, se acercó a mí. Antes de que llegara ya sabía quién era.

-Me presento. Soy Sh…

-Sherlock Holmes. El detective. Encantado de conocerle sir –contesté. Me preguntaba si le molestaría que le interrumpiera.

-Sin duda un honor para mí. No quedan muchas personas de su edad que llamen Sir a las personas de la mía –dijo Sherlock, y Hugo, que estaba al lado del alto anciano, de nuevo, rio-. Le voy a ser sincero. Se me olvidó que McGonagall me citó con usted en el árbol. El VoleiQuidditch me pierde.

Reí. Es mucho más simpático que en los libros.

-No pasa nada.

-Venga mañana tras el desayuno a la sala que está señalada en el mapa, ¿de acuerdo? Ya ahí le explicaré por qué.

-De acuerdo, pero… ¿qué mapa?

Al instante, Hugo me tendió otro papel. Esta vez con un mapa del edificio (¡por fin!) y una sala señalada con una flecha y un asterisco. En el pie de la página, había escrito:

 

Tras el desayuno en la sala señalada. Intenta ser puntual, Sherlock es inglés.

Hugo Davidson

CAPÍTULO SIETE – LA LISTA

Desperté con el desayuno en la parte superior de la cómoda. Al lado había una camisa blanca nueva, y unos pantalones del mismo color. Me vestí y comí algo. Abrí el cajón de la piedra, solamente para comprobar que estaba allí. Vi el saquito de cuero y me tranquilicé pensando que cuando estuviera triste o agobiado solo tenía que tocar la piedra para volver a tener fuerzas. Me entraron ganas de tocarla de nuevo, pero no. No, no había nadie, y no me quería arriesgar.

Me paseé por la habitación, todavía masticando el último trozo de tostada y bebiendo el último sorbo de zumo de naranja de mi primera comida en mi tercer día allí. Llevaba en la mano el mapa del edificio, y me fijé en los detalles. El primero que me llamó la atención, es que no señalizaba los aseos. Me dije que eso era un edificio para personas en estado de coma, no un centro comercial.

Leí otra vez la nota de Hugo Davidson. Decía que llegara tras el desayuno… ¿Y qué hora era esa? Reflexionaba mirándome en el espejo del aseo de mi habitación, la habitación del armario donde Lucy Pevensie encontró el mundo de Narnia. El sonido del agua cayendo al lavabo y fluyendo por el desagüe ahogaban mis pensamientos inconexos y todavía un poco somnolientos. Me eché agua en la cara y me la sequé con la toalla cuando llamaron a la puerta tres veces.

Abrí y me encontré con el mismísimo Sherlock Holmes, que se había anticipado a que yo llegara a la sala señalada. Quizás debería de haberme dado más prisa. Después de todo, es inglés como me avisó Hugo, y por lo tanto, amante del té y la puntualidad estricta. Alcé la mirada para buscar la suya, y noté como penetraba en mí incluso más que la de Artemis.

-Supongo que ya estará listo, Señor Delgado. Davidson nos espera –dijo el que viviera en Baker Street.

Y sin esperar respuesta, comenzó a andar sin esperarme, con la intención de que lo siguiese. Cerré la puerta y corrí hasta caminar a su lado, llegando a la sala donde se encontraba la piedra antes de que estuviera en la cómoda de mi habitación. Me aparté de la puerta para esperar que Sherlock pronunciara las palabras en Élfico para abrirla. Para mi sorpresa, solo tuvo que llamar.

Claro, Hugo Davidson estaba dentro. Pasamos y Sherlock me invitó a tomar asiento después de que Hugo me diera los buenos días muy jovialmente, como ya era habitual en él. Cuando los tres hubimos estado sentados alrededor de la mesa de mármol negro, comenzó Sherlock a hablar.

-Señor Delgado –empezó a decir, serio-, póngase cómodo. Supongo que ya sabrá por qué está aquí. Está en coma y aquí le ayudaremos a salir de él.

Hizo una pausa, se levantó de la silla y siguió hablando buscando algo en la pared.

-Su primera tarea es sencilla. Le explico. Cuando un sujeto llega a este estado –paró, miró a la pared e introduzco un dedo en un botón invisible. Al instante, saltó un cajón de debajo de su dedo-, la primera sensación es de confusión. No es fácil creer que uno ha pasado de estar normal a de repente estar en coma.

Sacó del cajón una pipa y tabaco. Cerró el cajón y se volvió a sentar. Comenzó a fumar, pero el olor no era desagradable sino suave y atrayente. Prosiguió hablando. Hugo Davidson miraba a través de sus gafas con cara neutra un manuscrito que tenía delante de él.

-Más tarde, uno acepta la paradójica realidad ficticia de que está en coma y que está en un mundo que no es el suyo con personajes que se creían también ficticios. Supongo que Artemis ya le habrá explicado que hay dos tipos de finales principalmente en este mundo: o la muerte, o la vuelta al cuerpo, la vuelta a la vida.

-Sí. Lo hizo cuando llegué –contesté.

-Hizo bien. Cuanto antes se sepa contra qué se lucha, mejor –dio una calada larga y se puso erguido con los codos sobre la mesa-. Le explico mi tarea, señor Delgado. Mi empresa aquí no es más que el estimular la indagación en los sentimientos personales de la persona en coma.

Debió de ver mi cara de aturdido. No entendía lo que me decía, ya que yo sabía indagar en mis sentimientos yo solito. No había que ser Sherlock Holmes para saber lo que uno siente.

-Simplificándolo, mi objetivo es que tanto usted, señor Delgado, como nosotros, sepamos qué es lo que le motiva a usted a volver a su mundo. Eso nos ayudará después en un proceso más complejo que este. Una simple lista con las razones que le hacen querer volver a su mundo.

-Vale. Lo entiendo. Pero… ¿para qué? –no pude evitar preguntarlo. Eso era un poco ridículo.

-Ya le he dicho que esa lista nos ayudará en un proceso más complicado. Es ésta una tarea sencilla, pero necesaria.

Así que una lista con las razones de por qué quería volver… Seguía sonando ridículo, pero no iba a perder nada por hacerla, así que acepté. Hugo dejó de mirar el papel y lo arrastró con cuidado por la mesa hasta ponérmelo delante, para que yo lo leyera. Subió a la mesa a la mochila negra que vi cuando presencié el partido de VoleiQuidditch. Sacó de ella un papel de un tono marrón un tanto sucio, y me lo tendió a la derecha del manuscrito. Sherlock se volvió a levantar, pulsó el mismo botón, metió la pipa dentro de él y sacó un bote de tinta y una pluma.

-No sé escribir con eso.

Hugo rio.

-Es fácil. No te preocupes. Puedes ir leyéndote las nociones básicas para crear la lista –dijo Hugo. Él me tuteaba, cosa que agradecí.

Miré hacia abajo y me concentré en el papel titulado Nociones básicas para crear la lista. Seguía siendo ridículo. En él, había consejos como ‘’lo que te motiva a volver suele coincidir con lo que más echas de menos’’ o ‘’entra en tu interior, y busca las personas que forman parte de ti, esas serán las que estén sufriendo para que vuelvas, y las que harán que quieras volver’’.

Me puse serio. Quizás no era una tontería, después de todo. Quizás no me conviene olvidarme de qué me estoy perdiendo ahí fuera. Aun así no le veía sentido. Pero la haría, intentaría poner todo. Cuando terminé de leer las instrucciones miré a Hugo esperando que me dijera lo que tenía que hacer a continuación. Sonrió pero no dijo nada. El que habló fue Sherlock, pero se dirigió a Hugo.

-Señor Davidson, espero que le saque una buena lista. Confío en sus posibilidades –dijo levantándose de su asiento y yéndose hacia la puerta-. Y usted, señor Delgado, le conviene tomarse en serio todo lo que le propongamos aquí. No es la primera vez que lo hacemos.

Y dicho esto, se fue sin mirar atrás, dejándome solo con el misterioso adolescente sonriente, y con los restos del tenue humo de la pipa de Sherlock.

-Es simpático –comenzó a decir Hugo -, pero es muy frío. No se siente a gusto sin su ayudante, Watson. ¡Oh! ¡Qué despiste! ¡Todavía no me he presentado personalmente! Mi nombre es Hugo Davidson, y estoy aquí para lo que necesites. Soy de los pocos que no tiene una función fija, pero sé mucho de muchas cosas relacionadas con este mundo. He escrito libros sobre muchos aspectos del mundo del coma. Me encanta escribir, es la forma que tenemos los humanos de decir que estuvimos ahí, de dejar constancia. Hay otras maneras, pero creo que no hay ninguna más directa ni que llegue más que por medio de un papel, una pluma, y una mente que quiera verter sus conocimientos para que a alguien más les sirva.

Hugo Davidson era mucho más que eso. Con sus ojos verdes y grandes, iguales que los míos, su camisa de cuadros remangada por los hombros y su camiseta blanca debajo de ésta, el señor Davidson, como lo llamaba Sherlock Holmes, escondía muchas más cosas. Hugo Davidson era un chico misterioso. Sonreía mucho, pero la suya era una sonrisa típica de esas personas que sufren mucho y se han cansado de esperar a que la felicidad llegue por sí sola. La razón de su sonrisa era sin duda él mismo, y el egoísmo con que una persona tiene que vivir si quiere ser feliz. Con esto quiero decir que Hugo era feliz porque se fijaba en lo bueno de todo, e intentaba cambiar lo malo. Era una persona viva, por muy irreal que dijera que fuese. Con su risa y la enseñanza que llevaba detrás. Con su flequillo rizado que le caía por la frente, Hugo Davidson era y es la persona que yo hubiera querido ser si no fuera yo. Amable, simpático, y lo más importante, desprendía buen humor y entusiasmo por todo. Son incontables los agradecimientos que le tuve que hacer a este sencillo y complicado personaje a partir de este día en mi historia. Hugo Davidson, de aquí en adelante, mi punto medio, mi estabilizador en este mundo que me traía cada vez más inestable.

-Encantado. Yo soy Antonio Delgado, y, bueno, no soy tan interesante como tú. Simplemente, he caído en coma y ahora estoy aquí hablando contigo –dije con la necesidad de describirme un poco yo también. Después de todo, era de los pocos personajes a los cuales no conocía. Nunca había conocido a ningún Hugo Davidson.

-Oh, yo no estaría tan seguro –contestó sonriendo de nuevo. A Hugo se le olvidó mencionar que sus pasiones eran el escribir y el sonreír-. Tú estás vivo, y tienes cosas reales que poner en ese papel. Es muy importante que lo hagas bien. Venga, comienza. ¡Ánimo!

Dicho esto, se convirtió en mi mejor amigo dentro de ese mundo. Era imposible que no se me pegara la sonrisa cuando lo hacía él.

Miré al papel, y puse un guion.

Inmediatamente pensé en su nombre. Pensé en el nombre que he estado escondiendo hasta este momento de la historia, en el que es inevitable nombrarlo. Ese era el nombre por el cual sonreía siempre al despertar y al acostarme. Pensé en el nombre de esa persona que me hacía ponerme nervioso con un simple ‘hola’, que me alegraba la mañana con una simple mirada, con una simple sonrisa. Simple, como ella misma. Y en su simplicidad radicaba mi amor por ella. La quería por ser simple, por no destacar. La quería porque iba al triste para volverlo alegre, porque se entristecía pensando en el derretimiento de los polos terráqueos. Simple, y única. Ese nombre que tanto poder tenía en mí era Marian. Marian Venturi. Tenía que volver para decirle todo lo que sentía por ella. Era injusto que me fuera sin poder decírselo. No. No podía ser así. Tenía que convertir el poder que tenían mis sentimientos por ella en una maquinaria para volver pronto. Sentía cómo estábamos hechos el uno para el otro. Lo sentía. Todo el mundo lo decía, pero tenía miedo de que ella no lo pensara.

Seguí pensando en ella, muy metido en mis pensamientos. Tanto, que parecía que iba a salir corriendo en cualquier momento y encontrarme con Marian por los pasillos del edificio. Me olvidé casi de que la mirada sonriente de Hugo Davidson veía como en mi papel solo había un guion, sin un nombre al lado. Eso era exactamente lo que querían. Lo miré, volví a mirar al papel, metí la pluma en el tintero y escribí ‘’Sobrino’’, refiriéndome al futuro hijo de mi hermana.

Me salió espontáneo el no escribir Marian primero. A lo mejor ni lo escribía. Eso era privado.

-Muy bien. Sigue.

Escribí abajo otro guion y puse ‘mamá’, en otro ‘papá’… así hasta completar toda mi familia más cercana. Proseguí con mis amigos: ‘Selena’, ‘Joseph’…

-Solo pones nombres. También puedes poner proyectos que no realizaste o que estabas realizando, mascotas…

Puse varias cosas más y paré. No puse el nombre de Marian. Quizás por vergüenza, quizás por instinto, puesto que si lo decía sería más vulnerable a ataques de alguien que me quisiera hacer daño. No es que no me fiara de Hugo, al revés, pero creí que estaba en todo mi derecho de no confesar algo tan importante.

-¿Ya? –preguntó Hugo.

-Sí –mentí.

-Perfecto –dijo sonriendo, pero esta vez de manera diferente. Como si supiera que estaba escondiendo algo. A lo mejor fueron impresiones mías, pero parecía tramar algo-. Bien. Ahora necesito que me señales los dos guiones principales. Los que sean más importantes para ti.

-Hmmm –dije duditativo. Sin duda cogería ‘sobrino’ y ‘Marian’, pero este último no estaba en la lista.

Subrayé ‘Sobrino’, y paseé la pluma por el papel sin pintar pensando qué era lo tercero más importante. ¿Mi madre? ¿Mi hermana?

-Suficiente, Antonio –me dijo arrebatándome bruscamente el papel de enfrente mía.

-Pero si solo he señalado uno.

-No es un ‘suficiente’ de ‘hemos terminado’ –se puso serio. Era la primera vez que lo hacía. Me puse nervioso. Quizás no me debería de haber callado lo de Marian. Aunque no era tan grave -. Antonio, no eres el primero que se sienta delante de mí a escribir la lista. No te voy a decir que Sherlock me haya encargado supervisar muchas, pero tengo un mínimo de experiencia.

>>Antonio, puedes volver a tu mundo en cualquier momento, aunque también puedes morir. Es así de duro, pero es la realidad. Haznos caso, somos los únicos que podemos ayudarte. Por favor, esta era la primera prueba, donde vemos también la predisposición y lo abierto que está una persona en coma, así que escríbelo todo. Todo.

-Pero si…

-No te resistas. Será mejor para ti. Te lo aseguro.

Vale. Intento fallido. Mensaje captado y almacenado, a tener en cuenta.

-Lo siento. No es fácil soltarlo así de repente.

-No pasa nada. No te preocupes –y volvió a sonreír. Me tranquilizó.

También volví a sentir la seguridad y la simpatía que despedía, y que sabía controlar muy bien. Estaba seguro de que no le gustaba actuar así de brusco, pero quizás fuera necesario de verdad.

Guion. Marian Venturi. Subrayado.

-Eso está mejor.

Volvió a quitar el papel y a mirarlo. Sonrió como él lo hacía, dejando ver su blanca dentadura alineada perfectamente. Sonreí yo también y me dio una palmada en la espalda.

-Pues perfecto Antonio. Esto es tuyo. Cuando lo necesitemos te lo pediremos. Mientras tanto trata de no perderlo, ¿vale? Ya hemos terminado. Si quieres, en media hora hay un partido de VoleiQuidditch.

-Oh, me interesaría jugar. Parece muy divertido.

-Lo es. Yo soy muy malo, pero me gusta verlo y jugar a veces de bateador –soltó una carcajada. De pronto se puso serio y se llevó una mano a la frente-. ¡Casi se me olvida! Me han encargado que yo sea el que te de la información sobre una piedra que esconde… -no terminó la frase-. Digamos que en esa piedra está tu vuelta al mundo real.

Esta vez sí que me puse nervioso, pero pude controlarlo mejor que con lo de Marian. Afortunadamente no se dio cuenta, y siguió normal. Se levantó de la silla, y yo hice lo mismo. Se acercó a la pared donde estaba el cajón de la pipa de Sherlock. Presionó otro botón invisible, introduciendo su dedo dentro de la pared. Sonó un ‘clic’ y se corrieron dos puertas hacia los lados, dejando ver una estantería de seis estantes de casi dos metros cada uno repletas de libros. Miré asombrado y abrí la boca por la impresión.

-No son todos míos –dijo soltando una carcajada al ver mi cara-. Pero el que tienes que llevarte sobre la piedra sí es mío –sacó un ejemplar rojo, del mismo color de la piedra.

En la portada venía escrito: La piedra Bagmansiel – Hugo Davidson. Me lo tendió, lo cogí, y me fui lo más rápido posible a mi habitación para evitar que notara que ya sabía qué era la piedra. Aunque pensándolo bien, solo sabía que existía y lo que hacía.

¿Qué más podría esconder Bagmansiel?

CAPÍTULO OCHO – LA PIEDRA BAGMANSIEL – HUGO DAVIDSON

Llegados a este punto, era muy difícil que me sorprendiera por algo. Había escuchado ya tantas cosas, tantas noticias que cambiaban mi existencia en cuestión de segundos, que ya la historia de la piedra no me resultaba tan interesante. Más tarde me daría cuenta de que en esa piedra estaba mi vuelta a la vida, que sin ella casi no tenía esperanzas de volver.

Volví a mi habitación, me senté en la cama y cerré los ojos. Dejé el libro al lado mía, sobre la almohada. Respiré hondo. Todavía escuchaba los pájaros de mi mundo. Me relajé un poco concentrándome en su sonido. Abrí la ventana con cristaleras redonda para que entrara un poco de aire.

Y volví a acordarme de ella. Marian Venturi. Con su apellido italiano, su inocencia, su timidez, su inteligencia… constituía en mí el pilar más grande para querer volver. Aunque me corroía el miedo de que ella no sintiera lo mismo por mí. ¿Y si volvía gracias a ella, y después no me correspondía? Así me pasé gran parte de mi estancia en el mundo del coma, preocupándome por cosas que todavía no habían pasado, y que no pasarían con total seguridad si no volviera, si no reviviera.

Pospuse mi primer partido de VoleiQuidditch para cuando tuviera más ganas. Me levanté, abrí el armario que llevaba a Narnia y entré, para pasar al erial del farol. Esta vez no estaban ni el Señor Tumnus ni Digory Kirke, pero sí que estaba la mesa donde jugaban al ajedrez. Me senté delante del tablero. Las fichas estaban colocadas perfectamente alineadas en sus lugares correspondientes, y el tablero brillaba. Lo blanco era muy blanco y lo negro muy negro. Y las figuras también estaban muy perfiladas. Solo había jugado un par de veces al ajedrez. Cogí un peón y lo examiné, por pura curiosidad. Le di la vuelta, y en la base tenía las iniciales M.M. Lo puse en su sitio de nuevo sin darle mucha importancia y al dejarlo sobre su cuadrante, el peón se movió solo hasta colocarse justo al centro del cuadrado. Arqueé una ceja y me quedé mirando otra vez, para buscarle una explicación, pero no vi nada.

-No busques nada extraño. Solo es un ajedrez mágico. Propiedad de McGonagall, de ahí las iniciales.

Me di la vuelta y vi la sonrisa de colmillos afilados de Artemis Fowl, que se había jugado su integridad física al darme ese susto. No lo había oído entrar, y pegué tal bote en el asiento que me puse de pie y caí la silla hacia atrás, que Artemis tuvo que esquivar.

-Vaya susto macho –dije casi enfadado y mirándolo de reojo.

Cogí la silla y me senté de nuevo frente al tablero, sin hacerle mucho caso a Artemis. Me ponía de mal humor que me asustaran queriendo. Artemis se sentó en el asiento de enfrente. Me hizo gracia, Artemis, el chico probablemente más listo del mundo, luchando en un juego de inteligencia conmigo. Para mi alivio, Artemis no tenía la intención de jugar al ajedrez conmigo. Traía consigo el libro que había dejado en mi almohada, y lo puso en el centro del tablero.

-Veo que ya has hablado con Sherlock, y que ha sido Hugo Davidson quien finalmente ha hecho la supervisión de la lista –dijo Artemis.

-Así es. Por cierto, ese libro estaba en mi habitación –contesté con segundas. Quería pedirle explicaciones por el allanamiento de habitación que me había hecho.

-Creo que lo deberías de leer ahora mismo, conmigo delante. Este libro no es del todo fiable, y si te surgen dudas, solo tienes que preguntarme .me dijo haciendo caso omiso a lo que yo había dicho.

Suspiré. Cogí el libro. Después de todo, no me convenía llevarme mal con Artemis Fowl. Vi de nuevo la portada marrón de tela forrada que llevaba bordada el título del libro y el autor. El libro era del grosor de un dedo gordo, así que miré hacia arriba. No pretendería que me leyera todo ese libro en cuestión de minutos, ¿no?

-Fallo mío –dijo cogiendo el libro y hojeando por el principio, hasta que llegó a una página en la que paró. Me dio el libro abierto por donde él lo había dejado-. El libro es muy denso y no nos interesa todo. Ahora, lo que quiero que leas aquí es lo relacionado con la piedra y la lucha.

-De acuerdo –obedecí sin cambiar ni un ápice de mis facciones.

Miré hacia el libro y leí precisamente LA PIEDRA así que comencé a leer el texto de Hugo Davidson.

LA PIEDRA.

El objeto de nuestro estudio, la piedra Bagmansiel, se trata de una piedra de unos cinco metros de alta y dos metros de ancha que termina en punta. Tiene un color rojo intenso que la caracteriza. Su origen nos es todavía desconocido.

A grandes rasgos, a la piedra Bagmansiel se la puede considerar el puente entre el mundo del coma y el mundo real. Esta piedra tiene la capacidad de, con solo al tacto, devolver a su cuerpo a las almas en coma. Aunque la mayoría de veces solo hace falta entrar en la sala donde se guarda la piedra para que surja efecto el poder de la piedra, y el sujeto en coma vuelva a vivir en su cuerpo.

Esta piedra está situada en el corazón geográfico del mundo del coma. Este centro es subjetivo, porque como sabemos, el mundo del coma es infinito, pero por convenio ponemos en el centro de este mundo a la piedra Bagmansiel. A esta región se la conoce como región inestable por el hecho de que las almas, cuando están en esta región, se vuelven inestables y desaparecen del mundo del coma. Cuando desaparece un alma, tiene dos vías, o la vuelta a su cuerpo, o la muerte. La mayoría de almas como decimos no precisan del contacto directo con la piedra, sino que con simplemente entrar en la sala donde está custodiada basta para que el alma del sujeto y el cuerpo conecten y se unan, para morir, o para volver a la vida. Se trata por tanto de una piedra única y con poderes mágicos que son extraordinarios incluso en este mundo.

La piedra, como ya hemos mencionado está custodiada en una sala, y ésta a su vez se encuentra dentro de una fortificación que evita que las almas solo tengan que entrar a la sala para volver a vivir. La razón de esto es algo delicada, pues solo nos podemos fiar de conjeturas y leyendas ancestrales sobre el ente, el alma, o como queramos definirlo, que defiende la piedra para que las almas no puedan acceder a la piedra. En los capítulos posteriores, se expondrán las hipótesis más verosímiles que hemos podido recopilar, pero ahora, nos limitaremos a exponer datos fehacientes sobre la piedra, como por ejemplo que para llegar a ella se tiene que sortear una serie de obstáculos que la mayoría de veces impiden que el alma dentro del mundo del coma llegue a la piedra y vuelva a su mundo.

¿Quién gana cuando un alma no consigue llegar a la región inestable? Su nombre no lo conocemos, pero nosotros lo llamamos, por su carácter misterioso, ‘X’. Por la poca información que tenemos sobre este personaje, cualquier nombre con el que sepamos que nos referimos a él, valdría. ¿Qué gana? Tras cientos y cientos de investigaciones, vivencias, leyendas y habladurías varias, podemos decir con seguridad la máxima de que cuantas más almas de gente viva esté en el mundo del coma, más fuerte se vuelve X. Con esto queremos decir que si un alma de un humano en el mundo real (aquí se excluyen los personajes fantásticos) llega al mundo del coma, X se fortalece. Por esa razón tiene tan bien custodiada la piedra. Los súbditos que se encargan de guardarla se benefician por el alto nivel de ‘vida’ que tienen si favorecen a X. ¿Su propósito? No lo sabemos con seguridad.

Esto lo deducimos principalmente por la existencia de la ‘sala de las almas perdidas’, que se trata de una sala donde se encuentran encerradas multitud de almas en coma cuyos cuerpos siguen todavía con vida. Esta sala se encuentra lejos de la región inestable y está igualmente custodiada por los súbditos de X.

En definitiva, la piedra Bagmansiel se trata del puente entre las almas en coma y el mundo real, es decir, que si un alma llega a la región inestable donde se encuentra la piedra, desaparece de este mundo y su alma tiene dos vías: la muerte, o la vuelta al cuerpo y por lo tanto a la vida. Esto está entorpecido por X, un ente que se fortalece cuando el número de almas vivas dentro del mundo del coma crece, de ahí que ponga trabas para que nadie pueda llegar a la piedra.

En seguida comprendí que lo que tenía yo no era la piedra, sino un fragmento de ella, así que ahora era más fácil fingir que en la cómoda de mi habitación estaba un pedazo de la piedra Bagmansiel mayor. Por lo demás, el leer este fragmento me resultó bastante esclarecedor. Ahora comprendía un poco más todo.

-¿Ya? –preguntó Artemis.

-Sí –contesté.

Me cogió el libro de nuevo, y volvió a hojear hasta que nuevamente me dio el libro abierto por una parte que se titulaba LA LUCHA, así que retomé mi lectura esclarecedora.

LA LUCHA

Como dicta el protocolo a seguir, cuando uno lleva unos días en coma (el número exacto variará según el sujeto), ha de tomar la decisión más importante de su estancia en éste mundo. Una persona en el mundo del coma tiene dos opciones a realizar: O luchar por intentar llegar a la región inestable y aceptar su destino sea cual sea, o simplemente esperar a que su cuerpo en el mundo real reaccione y atraiga por sí solo al alma hacia sí, o que el cuerpo muera. Dicho de otra forma, el sujeto podrá elegir entre luchar por llegar a la piedra, o esperar a que su cuerpo decida. En la decisión es recomendable que se escriba o simplemente se tenga en cuenta los pros y los contras de ambas opciones, sabiendo que hay casos en los que la gente ha sobrevivido al coma y ha muerto en ambas elecciones. También es recomendable que se tenga en cuenta la lista escrita con anterioridad por el sujeto, en la que están los motivos por los cuales el alma en coma quiere volver a su cuerpo. Dada la dureza de la elección, es conveniente no presionar ni dar prisa, como dicta nuestro protocolo. Solamente podrán dar su opinión a la persona que elige, aquellos quienes obtengan permiso directo del sujeto. A continuación, explicaremos lo que seguiría a partir de que la persona decida.

Si elige no luchar, sino esperar, la decisión ha de ser aceptada por todos los miembros de la mesa (Supuse que la con ‘la mesa’ se refería a la que estaba situada en la sala donde llegué, que estaba presidida por Artemis, pero tenía muchos más componentes). A continuación, el sujeto podrá elegir el lugar donde quiere residir, siempre que sea dentro del edificio. A partir de ahí, la existencia será como él o ella quiera, limitándose a esperar y a vivir lo mejor que se pueda en el edificio. En este caso, se puede cambiar de opinión en cualquier momento, teniendo que ser ésta consensuada con los componentes de la mesa.

Si se elige luchar la decisión ha de ser aceptada por todos los miembros de la mesa. A continuación, el sujeto recibirá una preparación física y psicológica para realizar la lucha lo mejor posible. Esta preparación se llevará a cabo por las personas que se elijan en consenso con la mesa. Cuando la preparación acabe, el sujeto deberá de escoger a tres personas que lo acompañen durante su viaje a la región inestable. Estas tres personas pueden aceptar o rechazar el ir con el sujeto, pero en el último caso debe de aceptar obligatoriamente la salida inmediata de la mesa no solo del sujeto vigente, sino de los próximos 10 sujetos. Tras la elección de los acompañantes, el sujeto decidirá el día de partida hacia la lucha por llegar a la región inestable. Tras la lucha, los personajes ficticios que lo acompañen volverán al edificio.

Me levanté poco a poco. Comencé a sentirme mal, y apenas pude leer bien la última parte. Me daba vueltas la cabeza. No estaba preparado para tantas decisiones vitales en tan poco tiempo. Mi cuerpo no estaba asimilando bien todos los cambios que se sucedían tan seguidos en mi vida. Estaba de pie, hiperventilando, mirando a Artemis que me miraba compadecido, con las manos todavía apoyadas en la mesa.

Corrí. Corrí a ningún lugar. Lo más rápido que pude.

 

CAPÍTULO NUEVE – LUCHAR O ESPERAR, HE AHÍ LA CUESTIÓN

Artemis me encontró al cabo de unos minutos. Agazapado, abrazado a las rodillas, los restos de lágrimas secas se acumulaban en las comisuras de mis labios y mi nariz. Había terminado de correr cuando encontré el dique donde viajé por primera vez a mi mundo con la piedra. No dejaba de pensar en Marian, mis padres, mis hermanas, mis amigos… Tenía miedo. Muchísimo miedo. Podía perderlo todo, absolutamente todo. No podía embarcarme en una aventura sin saber a qué ni a quién me enfrento, sabiendo que eso incrementaría mis posibilidades de morir, pero tampoco podía quedarme de brazos cruzados esperando que el destino decidiera por mí.

Artemis se sentó al lado mía, demostrando que a pesar de todo, se preocupaba por mi lado humano, que no solo era un sujeto más. Alcé la vista y miré el curso que dejaría el río si no estuviera el dique.

Dejó que hablara yo, e interpreté que quería que le dijera lo que me rondaba la mente ahora mismo.

-¿Qué hago ahora, Artemis? –Dije. Fui lo más concreto que pude, dado que no tenía excesivas ganas de hablar.

-Tengo que tener tu permiso para aconsejarte sobre lo que creo que deberías de hacer, pero aun así, lo único que te puedo decir es que te hagas caso a ti mismo, porque, al fin y al cabo, es tu vida.

Asentí. Era verdad. Preferí no decir nada más, dado que no estaba en condiciones, pero Artemis decidió romper de nuevo el silencio.

-Te diría que vinieras conmigo a jugar al VoleiQuidditch, pero obviando que el deporte no es lo mío, tengo mucho trabajo que hacer. Aunque puedes ir con Mayordomo.

-Gracias Artemis –respondí. Quizás fuera a verlo. Artemis se levantó y se fue caminando en dirección el erial del farol. Me seguía fascinando, a pesar de todo, el ver a Artemis Fowl delante de mí andando como si nada por Narnia-. ¡Artemis! –lo llamé. Se dio la vuelta y me miró -¿Cuánto tiempo tengo para responder?

-Todo el que…

-No. Cuánto tiempo tengo, de verdad –lo interrumpí. Él al instante supo de qué le estaba hablando. Podía esperar mucho tiempo antes de responder, pero eso dificultaría mucho las cosas.

-Cuanto antes mejor. Lo mejor es que respondas desde hoy hasta dentro de cuatro días.

-¿Tu consejo? –le pedí.

-Dos días. Menos es muy precipitado y esperar más es malo para ti.

-De acuerdo, gracias –respondí, y tuvo la suerte de llevarse lo que fue el intento de una sonrisa.

Ese intento de intentar que viera que sonreía me lo produjo el conocimiento de que no estaba solo, de que había gente que se preocupaba por mí, de que volviera. Tumnus y Digory con su hospitalidad, Bree con su discurso esperanzador, Mayordomo con la cercanía que me proporcionaba, McGonagall y su valentía por saltarse las reglas por mí, Hugo Davidson con su amistad y su sonrisa contagiosa… Y ahora Artemis, que me había demostrado al buscarme que haría lo imposible por que yo volviese a mi mundo si ese era mi propósito.

Me incorporé al rato y volví a mi habitación lentamente. Cuando volví, vi el libro que Hugo Davidson me había prestado en mi cómoda, perfectamente alineado con la esquina de ésta, por obra de Artemis, sin duda. Eché un vistazo por la cómoda y la cama para ver si encontraba más notas. Lo hice sin querer, porque de haberla habido no la hubiera cogido. Entré al cuarto de baño para lavarme la cara y eliminar los restos de mi llanto silencioso en el dique de los castores de Narnia.

Luchar o esperar. Esa era la cuestión. Vivir o morir, luchando o esperando. No me vi capaz de decidir por mí solo. Era algo tan… complejo. Salí de mi habitación por pura inercia. Supongo que era mi subconsciente el que articulaba mis piernas para que anduviera, porque en mi mente había demasiadas cosas. La decisión, mi familia y amigos, Marian, la decisión, Marian de nuevo… y así en un ciclo que parecía no tener fin.

Acabé en la puerta del edificio. Fui hacia donde me sentía más a gusto en el mundo del coma, el árbol. Me apoyé en él, cerré los ojos y dejé que el falso pero agradable sol me calentara la piel. Me tumbé boca arriba y apoyé los pies en el tronco, poniéndome en mi postura de reflexión. La misma que ponía en mi cama cuando un asunto me daba comederos de cabeza.

Plasmar mis pensamientos en esos instantes por escrito me resulta casi imposible, debido a la inconexión y la variedad entre ellos. Y así fue durante unos días. Cuando estaba profundamente enfrascado en mis pensamientos volví a oír los pájaros. Por lo visto se resistían a abandonar mi alma en el mundo del coma.

Cuando repasaba mentalmente los pros y los contras de cada elección, recordé que Artemis me había dicho lo del VoleiQuidditch. Me levanté y fui hacia el campo. Me senté en una fila de las dos que había en la grada, y vi la divertida y anecdótica situación donde Mayordomo y el Cid Campeador se repartían los equipos. También vi como se abría paso el sonriente (como no) Hugo Davidson hasta ir hacia la otra parte del campo de VoleiQuidditch, o sea, hasta donde estaba yo. Se sentó al lado mío.

-Hola Antonio –dijo ajustándose el flequillo que le molestaba la visión -. Pregunta Mayordomo que si quieres jugar.

-Oh no, no tengo ganas, gracias.

Mayordomo miró en nuestra dirección esperando una respuesta al recado que le había dejado a Hugo, que levantó la mano e hizo un gesto de negación. Mayordomo me miró directamente a mí, me guiñó un ojo y levantó un pulgar de ‘ok’. Me quedé mirando cómo se repartían los equipos y el sorteo para elegir campo y quién sacaba primero.

-¿Cómo lo llevas? –preguntó Hugo.

-Mal –respondí. Fue lo que me salió. Un arrebato sincero e involuntario, que Hugo se tomó como una prueba de confianza.

-Demasiadas cosas en tan poco tiempo, ¿verdad?

-Exacto.

-Bueno relájate y mira el partido. Que tu mente descanse te ayudará para más tarde –me respondió acompañado de un toque en el hombro. Y de una sonrisa, por supuesto -. ¡Oh! Acabo de recordar que… Ahora vengo Toni.

Hugo se levantó y se fue hacia dentro del edificio. Me había llamado Toni, espontáneamente. Así era como me llamaban mis mejores amigos, con los que podía confiar. Ese detalle fue muy importante, porque poco a poco, Hugo comenzaba a ser mi compañero, mi amigo. Teníamos edades parecidas, si no la misma, y era el tipo de persona con la que siempre es agradable tratar. Además, estaba casi seguro de que de lo que se acababa de acordar era algo relacionado con mi caso.

Desvié la mirada hacia el campo cuando los equipos se pusieron en sus puestos. Mayordomo y El Cid chocaron sus bates y McGonagall soltó las pelotas. Así comenzaba un partido de VoleiQuidditch. En el equipo de Mayordomo reconocí a Tumnus y a Kirke, mientras que en el equipo del Cid solo reconocí a Sherlock Holmes. Me entretuvo un poco cómo se pasaban las pelotas unos a otros, y como Digory Kirke intentaba sin éxito encestar la pelota por el agujero pequeño. Por otro lado, casi paralelamente al partido era fascinante ver cómo Mayordomo y El Cid evitaban que la pelota paralizante tocara a uno de los componentes de su equipo. El partido estaba muy equilibrado, hasta que el señor Tumnus consiguió encestar la pelota por el agujero pequeño y Sherlock Holmes no consiguió evitar que cayera al suelo. Cinco puntos para el equipo de Mayordomo, que se adelantó en el marcador hasta el final del partido, el cual no pude ver porque Hugo asomó por la esquina del edificio y me dijo que fuera.

-Artemis me ha dejado que te enseñe una cosa que te ayudará a decidir –me dijo.

-No, Hugo, por favor, déjalo. Gracias, pero no quiero más líos en la cabeza, ya tengo bastantes. De verdad, gracias por la intención pero no creo que eso me ayude ahora mismo, sinceramente –respondí y ya me estaba dando la vuelta de nuevo hacia las gradas cuando me cogió por un brazo.

-Como tú digas, pero al menos déjame enseñarte algo. Sin más. Confía en mí, ven.

Fui. Lo acompañé dentro del edificio y me llevó por unos pasillos que nunca había visto dado que mi única ruta dentro del mismo era habitación-vestíbulo o habitación-salaBagmansiel. Llegamos a un pasillo sin salida en cuyo final había un ascensor inmaculadamente negro. Parecía pesar mucho, y desconfiaba de sus posibilidades para subir algo más que no fuera él mismo. Nos montamos y Hugo pulsó el botón de arriba.

-¿Un amigo, Hugo? –retumbó una voz grave de alguna procedencia que no pude localizar.

-Sí, os presento, Ascensor, este es Antonio, Antonio, estás dentro de Ascensor –dijo Hugo riendo al ver mi cara.

Lo que me faltaba. Un ascensor que hablaba. Era para reírse, desde luego, así que sonreí y dije:

-Encantado, Ascensor.

-Igualmente, Antonio –respondió con su voz grave, acorde con el color de sus paredes.

No recordaba que el edificio fuera tan alto, así que tuve razón cuando dije que Ascensor era muy pesado y le costaría subir cosas. Por fin se paró y se abrieron las puertas. Estábamos en la azotea del edificio, que resultó ser nada más ni nada menos que una piscina al aire libre con una barra hawaiana para servir cócteles o algo parecido. El suelo era el mismo césped que había fuera del edificio, el mismo perfecto e inmaculadamente verde y corto césped sin insectos del mundo del coma.

-Madre mía, ¿para qué necesitáis todo esto? –dije con la boca abierta.

-Pues para el verano, ¡que aquí también hace calor, no te creas!

-Pero si ya es verano…

-En tu mundo sí –respondió Hugo-, pero aquí las estaciones van un poco desiguales a las de tu mundo. En El clima en el mundo del coma lo explico mejor. Pero hazte a la idea de que aquí simplemente duran más, pero las transiciones son más cortas. Ahora aquí es primavera.

-Ajá.

Así que tenía una piscina con hamacas y una barra hawaiana en el mundo del coma. Perfecto. Podría pasar ahí mucho tiempo, dado que por lo visto no era un lugar muy concurrido. Era perfecto para cuando quisiera estar solo. Aunque siempre estaba el árbol. Allí tampoco me molestaba nadie, aunque estuviera más expuesto. Miré hacia el horizonte, y desde ahí solo se veían colinas infinitas. Esto era porque el mundo del coma, como me explicó Mayordomo, es infinito y plano. No redondo como nuestro mundo.

No me dio tiempo de disfrutar lo suficiente del paisaje cuando Hugo fue hacia la hamaca situada en el centro de las demás. Palpó la parte de atrás del cabecero y sonó un clic. Acto seguido salió un cubo extraíble de una de las patas de la hamaca. Lo cogió y se dirigió hacia mí, que estaba más próximo a la barra de cócteles. El cubo era blanco, y tenía como un altavoz con un piloto rojo encendido en la parte superior, y un teclado numérico y alfabético en la cara opuesta de éstos.

-¿Qué es eso? –pregunté con curiosidad.

Pasó de largo por mi lado, mirando el cubo que acababa de coger de la pata de la hamaca. Pulsó números y un par de letras y le dio la vuelta al cubo, poniendo hacia él la parte del altavoz. Del piloto rojo salió una antena, y de esa antena salió un cono hueco que emitió un laser en forma de cuadrícula de color rojo sobre la cara de Hugo. Yo retrocedí un paso dado que si eso explotaba, no quería que me salpicaran restos del cubo ni del mismo Hugo.

-Reconocimiento completado. Hola, señor Davidson.

El laser remitió y la antena volvió a esconderse dentro del cubo. Estaba fascinado. Ahora era el cubo el que hablaba, aunque éste tenía una voz automatizada, no como el ascensor, que parecía una voz humana de verdad. El ‘señor Davidson’, como lo había llamado el cubo, me miró y me explicó jovialmente de qué se trataba todo aquello.

-Hola, Cubo. Te presento a Antonio, el nuevo inquilino del edificio. Antonio, este es Cubo –asentí, y al ver que no quería hacer ninguna intervención siguió con su discurso-. Cuando estabas en el mundo, ¿leíste los libros de Artemis Fowl?

-Por supuesto, son mis libros favoritos –contesté.

-Entonces, deberías conocer a Potrillo, ¿verdad? El centauro capaz de crear la tecnología más punta en el mundo. Creó esto para mí antes de marcharse a otro edificio. Este personaje de tus libros favoritos hizo este cubo con el fin de facilitar las tareas que normalmente hago en éste edificio. Con esto puedo acceder a mi lugar favorito en el edificio. Es mi llave al lugar donde escribo, y donde tengo todas mis obras.

Abrí los ojos con curiosidad. Tenía intriga por ver la obra completa de un chaval de mi edad encerrado en el mundo del coma.

-Eres el primero que entra ahí, Antonio. Espero que sepas guardar el secreto. Te dejaré venir las veces que quieras, pero a cambio solo quiero que me prometas que no le dirás esto a nadie.

-Vale, vale. Te lo prometo Hugo.

Sonrió, miró al cubo y siguió tecleando números y letras. Cuando finalizó, el cubo dijo <<Biblioteca. Abriendo puertas.>> Acto seguido la barra de cócteles produjo un chasquido. Me volví de un salto hacia ella por el susto, y vi cómo ascendía debido a que cuatro barras de hierro la empujaban desde el suelo. Cuando paró de subir, pude ver una base metálica a nivel del suelo que sostenía a las cuatro barras metálicas. Era como un ascensor sin paredes y en el techo de ese ascensor hubiera una barra para preparar y servir cócteles en una piscina. Hugo caminó hacia la base del ascensor y yo lo acompañé. Pulsó una tecla y Cubo nos informó de que ahora bajábamos.

Poco a poco el suelo de la terraza del edificio subía conforme nosotros bajábamos. Estaba entrando en la biblioteca secreta de Hugo Davidson. Lo miré, y detrás de él se fueron extendiendo hileras e hileras de libros y ficheros. La sala tenía una luz tenue, lo que hacía que la biblioteca pareciera mucho más sobria y seria. Entre cada hilera de estanterías habían varias mesas donde me imaginé que él pasaba horas y horas escribiendo. Aun así, era totalmente imposible que hubiera podido escribir tal cantidad de libros en diecisiete años.

-Y aquí está, mi querido amigo. La biblioteca.

Sus palabras sonaron como si fuera el mayor maestro de ceremonias del mundo.

-Esto… quiero decir… -comencé a titubear- Todo esto, ¿es tuyo?

-Oh, no, no –dijo riéndose-. Yo solo he escrito los libros que están en esa parte de esa estantería –desvié la vista hacia donde apuntaba su dedo y vi que señalaba como unos treinta libros con el lomo rojo y sus iniciales doradas bordadas con hilo dorado. Aun así eran muchos para una persona de su edad-. Los demás son ficheros de casos cerrados. De gente que vino y se fue de éste edificio.

-¿Y solo tú puedes acceder a la biblioteca?

-Eso no es del todo cierto. Personas como Artemis, McGonagall… pueden entrar en la biblioteca por esa puerta de ahí –dijo señalando una puerta marrón sin pomo-. También tiene contraseña, pero es de voz en Élfico, como la sala Bagmansiel. Además, cuando alguien entra por esa puerta se bloquea la estantería donde están los libros escritos por mí. Nadie lee un libro mío si yo no lo autorizo.

-¿Por qué?

-Por orden de Artemis. Me opuse en un principio pero después pensé que la existencia de esa norma sería inútil de todos modos. Siempre autorizo cuando alguien quiere leer un libro mío. Por otra parte, y como ya sabrás, discutir con Artemis es más inútil que sus normas sin sentido.

Reí. Era verdad. Respiré hondo y miré la sala. Escuché la música del silencio, la única música que necesitaba ahora mismo. Hugo se colocó bien las gafas y sonrió. Ahora estaba en su terreno. Comenzó a andar hacia su estantería, donde estaban sus libros, y para mi sorpresa, cogió uno que estaba al lado de sus obras. El primer fichero blanco que estaba al lado de su último libro. Era más pequeño que los demás, y aunque podría haber sido de un caso en el que la persona entró y salió del coma rápidamente, supe al instante que no se trataba de ese caso. Se trataba de un fichero inconcluso. Respiré cansado esta vez, y se me cambió la cara. Era el mío. Mi fichero. Fui hacia él y me senté a la mesa enfrente de él. Puso el fichero entre los dos y me miró a los ojos.

-Artemis me ha autorizado a leerte tus datos previos. Aquí hay cosas que te interesan de tu vida, y que ahora por la conmoción quizás no recuerdes. Ahora el que me tiene que autorizar eres tú para abrir el fichero. Si quieres lo leemos, si no, no.

-Hugo, ya te he dicho que no quiero…

-Ya –me interrumpió-. Pero sé que te ayudará. Confía en mí.

-¿Pero qué puede haber ahí que me ayude?

-Muchas cosas. Entre ellas estoy seguro de que te gustará saber cómo entraste en el coma.

Me miraba fijamente. Sabía que esto no lo hacían con cualquiera. De hecho, lo hablaron el día que llegué a la mesa negra. Fue casi lo primero que escuché. Que el mio no era un caso común. Y ahora, apenas unos días después, estaba sentado en una biblioteca con un personaje ficticio que no conocía pero con el que había entablado amistad y que me miraba fijamente tras sus gafas cuadradas con su media sonrisa natural. Confiaba en él. No tenía razones para no hacerlo. Me puse nervioso ante la perspectiva de escuchar una historia mía en mi mundo que no recordaba. Me puse las manos en las rodillas para intentar parar el tic de las piernas: No era el momento de ser cobarde.

-De acuerdo. Ábrelo –dije pensando (más bien deseando) que lo que me dijera estuviera relacionado con Marian.

 

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